La Guerra del Pacífico



Video: La Guerra del Pacífico

 Programa: Sucedió en el Perú
 Fuente: Televisión Nacional del Perú
 Conductor: Antonio Zapata

Invitados:

 Wilfredo Kapsoli
 Nelson Manrique
 Daniel Parodi
 Javier Tantalean
 Jorge Ortiz
 Lucas Borja (Músico y compositor)

Relato:

Combate de Iquique - T. Somerscales.
La Guerra del Pacífico

Chile declaró la guerra al Perú el 5 de abril de 1879. Para aquel entonces, la república de la estrella solitaria ya estaba en campaña militar, porque en febrero del mismo año, 1879, había invadido el litoral boliviano de Atacama. Como respuesta, el Perú envió a la misión diplomática conducida por José Antonio Lavalle ante el gobierno de Chile, pretendiendo lograr la paz en el último instante. Pero, Lavalle no pudo conseguir sus objetivos y estalló el conflicto bélico más importante la vida independiente de estos tres países. Cuando comenzó la guerra con el Perú, Chile disponía del anteriormente boliviano puerto de Antofagasta como base de operaciones armadas. Por su parte, los buques peruanos necesitaban urgentes reparaciones porque no estaban en condiciones para hacerse a la mar y combatir una guerra. Mientras tanto, los chilenos estaban en una guerra real desde hacia dos meses y su ejército era una máquina de guerra que aceitaba sus engranajes conforme pasaban los días.
La Independencia y el Huáscar eran los principales buques peruanos. Ambos eran acorazados, sus defensas eran sólidas; asimismo ambos buques habían llegado al Pacífico durante la década de 1860. Ambos eran inferiores a los dos blindados chilenos, que fueron comprados durante la década siguiente de 1870. Tomando en cuenta que era una época de grandes innovaciones, diez años de diferencia tecnológica era bastante. Los acorazados chilenos se llamaban Cochrane y Blanco Encalada, disponían de un blindaje superior y de un poder artillero mayor que sus pares peruanos. Por otro lado, también formaban las escuadras un conjunto de naves de poder intermedio y en este terreno la desventaja peruana era considerable, porque Chile disponía de seis corbetas y cañoneras mientras que el Perú tenía solamente dos. Por su parte, Bolivia carecía de unidades navales y la lucha por el mar sería exclusivamente entre Chile y el Perú. Durante la década de 1870, el Perú había caído en bancarrota, dejando de pagar la deuda externa a los acreedores internacionales. Como consecuencia, el crédito fiscal se había arruinado. Por ello, el Perú no había tenido dinero para comprar armamento al nivel que lo había hecho Chile, que por su parte, había estado a punto de ir a la guerra contra Argentina y se había preparado para esa eventualidad.

Iniciadas las hostilidades, los chilenos establecieron el bloqueo de Iquique, puerto entonces peruano por donde se exportaba el salitre. El bloqueo estacionó a su escuadra que, no obstante ser superior, estaba paralizada, mientras que los buques peruanos tuvieron tiempo para realizar las más urgentes reparaciones y luego hacerse a la mar. Promediando mayo, los buques peruanos se dirigieron hacia el sur en un convoy que incluía al Presidente de la República, el general Mariano Ignacio Prado, decidido a dirigir la guerra desde Arica, donde el Perú instaló su campamento general. Mientras tanto, la escuadra chilena había tomado el camino de El Callao; se habían sucedido muchos pedidos para que la flota ataque y no permanezca anclada. Ambas escuadras se cruzaron en el mar sin verse, porque mientras los peruanos navegaban pegados a la costa, los chilenos lo hicieron por alta mar. Al llegar a Arica desembarcó el presidente y los dos acorazados peruanos se dirigieron a romper el bloqueo de Iquique que había quedado a cargo de la reserva chilena. Las naves chilenas eran la Esmeralda y la Covadonga, que fueron sorprendidas por la aparición del Huáscar en la madrugada del 21 de mayo. Grau inició el cañoneo, pero sus tiros no daban en el blanco por la impericia de los artilleros, la mayoría de los cuales eran extranjeros. La organización profesional de la armada peruana era incipiente y muchos extranjeros ocupaban cargos que implicaban conocimiento de ingeniería naval.
Ese 21 de mayo de 1879, la Independencia venía retrasada y apresuró el paso, al grado que al entrar a la bahía de Iquique se pasó de largo y se interpuso entre el Huáscar y las naves chilenas. Esa circunstancia fue aprovechada por la Covadonga que se escapó del encierro del Huáscar. La Independencia siguió a la nave chilena al escape y se trabaron dos duelos de a dos. El primer combate fue en Iquique y tuvo como protagonistas al Huáscar y la Esmeralda. Los artilleros peruanos no le daban a la Esmeralda, que se pegó a la costa para dificultar los disparos que si estaban mal dirigidos podían caer sobre la población civil peruana. Finalmente el Huáscar fue al espolón en tres ocasiones hasta hundir el buque enemigo. En el primer encuentro saltó al abordaje el jefe chileno, el comandante Arturo Prat, que víctima de su arrojo pereció en cubierta del Huáscar. Chile ganó un héroe y solamente perdió una nave antigua, puesto que la Esmeralda era de madera.
El resultado del otro duelo marino fue funesto para el Perú. La Independencia se perdió al chocar con un banco del fondo y la Covadonga logró fugar llevándose un gran triunfo. También habían fallado los artilleros y presa de la ansiedad, el Comandante More, jefe de la Independencia, intentó acercarse a la Covadonga , con tan mala fortuna que encalló en unos arrecifes. La pérdida de la Independencia llevó al Perú a modificar el enfoque de la guerra marítima. Si al comenzar la inferioridad peruana era manifiesta, ahora era definitiva. Así, la nueva estrategia fue alargar la guerra en el mar para permitir el despliegue del ejército de tierra en Tarapacá y defender el territorio en disputa. El alto mando peruano decidió combatir detrás de las líneas chilenas para desorganizarlas. No se autorizaron combates abiertos con las naves chilenas salvo cuando no hubiera otra solución. El Perú optó por una táctica guerrillera: golpear y desaparecer.
Así, la pequeña flota peruana destruyó en repetidas ocasiones el cable submarino, interrumpiendo las comunicaciones chilenas. Asimismo, desmanteló las máquinas de agua potable para dificultar el desplazamiento del ejército de tierra. También capturó naves, como el convoy Rímac que transportaba a una división de elite conducida por un familiar del presidente de Chile. Los triunfos del Huáscar desconcertaron y enfurecieron a los chilenos, que esperaban estar ganando con comodidad dada su superioridad material. Hubo una crisis de gabinete y se nombraron nuevos ministros en el país sureño. Habiéndose reorganizado el alto mando naval chileno, diseñaron un nuevo plan destinado a cazar al Huáscar antes de proseguir la guerra.
El 8 de octubre de 1879, Miguel Grau murió en una emboscada y Chile capturó al monitor Huáscar. Ese día, el Perú perdió definitivamente el mar y quedó inmovilizado, mientras que Chile dispuso de todas las ventajas para desplazar a sus tropas. Apenas un mes después, el Perú sufrió la mutilación de su territorio. Chile invadió el Perú por Pisagua y consolidó sus posiciones derrotando al ejército aliado en San Francisco. A continuación, el estado mayor chileno decidió rematar al ejército peruano del sur, enviando una división de elite al mando del Coronel Eleuterio Ramírez. Estas tropas estaban integradas por cuatro mil soldados que buscaron sorprender a los maltrechos peruanos que penosamente se habían reagrupado después del desastre de San Francisco. La madrugada del 27 de noviembre se produjo el encuentro. El escenario fue el pueblo de Tarapacá, un típico pueblo andino enclavado en el fondo de una quebrada.
Por las alturas apareció la vanguardia chilena y rápidamente fue enfrentada por tropas peruanas del Zepita y el 2 de Mayo, al mando del Coronel Andrés Avelino Cáceres. Mientras en las alturas, Cáceres contenía el ataque, Ramírez al mando de los Zuavos del Segundo de Línea atacó de frente el mismo pueblo de Tarapacá, que fue defendido por el Coronel Francisco Bolognesi, quien logró derrotar a los atacantes. También se encontraban presentes Alfonso Ugarte, su compañía de civiles tarapaqueños y los policías de Arequipa, conducidos por el coronel Ríos quien pereció en la lucha. Inclusive, el policía arequipeño Mariano Santos arrebató el estandarte de esa división chilena, ganando uno de los pocos trofeos de guerra que obtuvo el Perú. Al caer la tarde de ese 27 de noviembre, Andrés Avelino Cáceres buscó a su hermano Juan, quien ostentaba el grado de teniente y había peleado en el pueblo. Lo encontró en agonía y lo ayudó a morir. Conmovido, con el corazón en tinieblas, el coronel Cáceres recordó el vuelo de las mariposas blancas por la campiña ayacuchana.
No obstante esta victoria, que permitió salvar parte de la fuerza militar, en noviembre de 1879, el Perú perdió la región salitrera, entonces en disputa a causa de sus riquezas. La conquista de los nitratos le confirió a Chile capital suficiente para pelear exitosamente el resto de la guerra. Luego, en diciembre, fugó el presidente Mariano Ignacio Prado dejando abandonado su cargo y profundizando la crisis peruana. El caudillo Nicolás de Piérola dio un golpe de estado, cerró el Congreso y proclamó la dictadura para intentar salvar a la patria en su hora más difícil.

A continuación, fueron las grandes batallas de Tacna y Arica, donde el ejército chileno destruyó a las fuerzas combinadas peruano bolivianas. El 26 de mayo de 1880 el Perú perdió Tacna, después de una encarnizada batalla que dirigió el presidente de Bolivia, Narciso Campero, quien condujo al sacrificio a su regimiento de elite: los Colorados. El jefe peruano era el Contralmirante Lizardo Montero, quien luego sería presidente del Perú durante buena parte de la resistencia nacional. Después de la derrota de Tacna, la guarnición peruana de Arica quedó aislada. Ellos eran unos 1,200 hombres que cuidaban el último fuerte peruano en el sur. Arica era una leyenda. El morro estaba artillado y se había enfrentado varias veces a cañonazos con la escuadra chilena. Además, contaba con una batería flotante, el Manco Cápac, que tenía unos cañones poderosos. Pero, Arica estaba rodead por todo el ejército de Chile en desventaja de ocho a uno. El General en jefe chileno era Manuel Baquedano, quien ofreció una retirada honrosa, autorizando a la guarnición dirigirse a las montañas, desfilando provista de armamento ligero y con sus pabellones al viento. Chile necesitaba el puerto con urgencia para reabastecer a sus tropas que estaban ocupando territorio entonces enemigo.

En esos días, el puerto de Iquique ya estaba en manos chilenas y había comenzado su cambio definitivo de nacionalidad. Las calles cambiaban de nombre. Desaparecía el jirón 28 de julio, para ser reemplazado por la avenida Prat. Iquique estaba llena de funcionarios que procedían a un nuevo reparto de las concesiones salitreras. Los nuevos dueños estaban en Valparaíso, instalados en cómodas casas comerciales que reportaban a Londres. Los funcionarios chilenos estaban acompañados por hombres de negocios ingleses que compraban el salitre, ocupaban las minas, pronto pondrían en marcha una fundición y sucursales bancarias. Apenas terminada la guerra se levantaría el imperio de Douglas North, un británico que fue el verdadero barón del salitre chileno. Mientras tanto, como siempre, una multitud de trabajadores nacidos en los tres países en conflicto se encargaba de procesar el caliche y embarcarlo hacia Europa.

Si Iquique sufría una mutación, Arica vivía su última hora como peruana. El alcalde era un italiano apellidado Pescetto que salvó muchas vidas y no pocos valores. La aduana había sido construida por la casa Eiffel y su elegante figura de hierro fue abandonada por los soldados que dejaron por última vez el puerto para subir a defender el morro. El jefe peruano era el Coronel Francisco Bolognesi, nacido en Arequipa hacía 65 años, aunque aún estaba fuerte y no tenía nada que perder, sólo la gloria por ganar. Estaba decidido a pelear hasta quemar el último cartucho y rechazar la oferta de Chile. Pero, era un hombre justo y no quiso imponer su decisión. Consultó a la junta de guerra, donde estuvo acompañado por el Comandante Juan More, que era una triste figura de la guarnición. More había perdido La Independencia, y desde ese día, se había vestido de luto. Con ánimo decidido, More opinó por morir peleando, prefirió salvar su nombre. En ese momento, la postura de los jóvenes fue decisiva. Alfonso Ugarte y Ramón Zavala eran coroneles y estaban en sus treintas, eran amigos y nativos de Iquique, ninguno era militar de carrera sino que eran civiles, habían armado un batallón con su propio peculio y solicitado ser incorporados a filas. Alfonso Ugarte era millonario, su familia era una de las propietarias del departamento más rico del Perú. Él mismo había sido alcalde de Iquique y su amor por el Perú pudo más que la prudencia. Cuando estalló el conflicto, su familia quiso llevarlo a Europa, pero él se alistó. Había peleado en Tarapacá y sabía que iba a morir en Arica. Cuando se trató de decidir, caminó al frente y conminó a los oficiales para acompañar al viejo Bolognesi hasta el final. ¡Arica no se rinde!
Después de las batallas de Tacna y Arica, la situación del Perú era fatal. La armada chilena bloqueó todo los puertos, incluyendo El Callao. La pretensión del gobierno de Chile era quebrar la economía peruana y precipitar el fin de la guerra, para aquel entonces, en cortos 14 meses, ya habían obtenido todo el territorio que deseaban. Para enfrentar el bloqueo, la marina peruana desarrolló operaciones de sabotaje y lanzó torpedos contra las naves bloqueadoras. Dos buques chilenos fueron hundidos: el Loa y la famosa Covadonga, que había hundido a la Independencia al comenzar la guerra. Esta última acción llevada adelante en la bahía de Chancay parcialmente reconfortó el maltrecho ánimo peruano. Al menos, La Covadonga yacería para siempre en sus mares.

Las batallas de defensa de Lima fueron el 13 y 15 de enero de 1881, y constituyeron un desastre para el Perú. Después de su victoria, el ejército chileno ingresó a la capital y flameó su bandera en Palacio de Gobierno por tres largos años. La disposición de las fuerzas peruanas en el terreno de batalla fue un absurdo de Nicolás de Piérola, quien carecía de formación militar y sin embargo dirigió personalmente el dispositivo. En San Juan, la línea peruana era tan larga que cada soldado ocupaba un metro de terreno y no tenía a nadie detrás. A los chilenos les bastó ponerse en filas de cincuenta y cortar la línea por múltiples puntos. Por ello, a poco de comenzada la batalla, los peruanos estaban flanqueados y fueron tomados por detrás en la puerta misma de la capital. Además, la segunda línea de Miraflores era también un error. En principio porque su misma existencia inducía a la retirada. Así, la primera línea estaba perdida antes de comenzar, porque todo destacamento peruano que era envuelto, antes de jugársela a muerte, buscaba retroceder a los reductos de la segunda línea. Además, estaba muy lejos, porque si hubiesen estado cerca, ambas líneas podrían haber entrado en combate el mismo día y se hubieran reforzado mutuamente. Pero no. Quedaban tan lejos, que mientras unos peleaban hasta morir, los otros observaban impotentes, mirando la desgracia por sus catalejos.

A media mañana, la lucha se centró en Chorrillos. La reserva peruana reforzó a los defensores del Morro Solar que estaban al mando del Coronel Miguel de Iglesias, entonces ministro de guerra. Al mando de los batallones frescos estaba Isaac Recavarren, que había defendido con bravura el puerto de Pisagua y se había ganado el mote de “el León de Pisagua”, e hizo honor a su apelativo defendiendo Chorrillos calle por calle, casa por casa. El morro cayó a las dos de la tarde. La lucha había sido tenaz. Los chilenos estaban comandados por el almirante Patricio Lynch y según su reporte perdieron 90 oficiales y 1900 soldados en el asalto al morro. Cuando cayó el morro, Chorrillos no se rindió sino que estaba rodeado por fuego y ambas partes pelearon hasta el final con valor y honor. Dice el historiador chileno Vicuña Mackena, “increíble y nunca visto era el arrojo y encarnizamiento de los peruanos en Chorrillos”. Los soldados peruanos no eran limeños, sino serranos del Mantaro y de Ancash. El parte militar peruano consigna cuatro mil muertos y dos mil prisioneros. Después de su victoria, algunas unidades chilenas se dedicaron al saqueo y se emborracharon a morir en los palacetes de la oligarquía peruana. Unos 350 soldados chilenos y más de un oficial perecieron en el desorden. Asimismo, fusilaron a once bomberos italianos que estaban apagando los fuegos. El incendio ardió por tres días hasta que se consumió todo Chorrillos.

Durante la noche, tanto Cáceres como el coronel César Canevaro, plantearon atacar por sorpresa. De acuerdo a su argumento, los chilenos estaban borrachos y un ataque audaz y nocturno podía destruirlos. Su petición fue negada porque Piérola adivinó que sólo una fracción del ejército de Chile había caído en desorden. Al día siguiente se iniciaron conversaciones tendientes a la rendición y se estableció una tregua. Mientras tanto, las tropas chilenas prendieron fuego a Barranco. Esas negociaciones eran patrocinadas por el cuerpo diplomático extranjero asentado en Lima y por el almirante francés Bergase du Petit Thouars, quien las respaldaba con la fuerza de su nave, una de las más poderosas del mundo en aquellos días. La noche del 14 al 15 se durmió sobre las armas. Al mediodía del 15, el general Baquedano, comandante en jefe del ejército de Chile, inició un reconocimiento de sus posiciones casi en el mismo frente de batalla. Cuando estaba en la quebrada de Armendáriz, los peruanos empezaron a disparar y se generalizó el combate de forma inesperada. La lucha se centró en la derecha peruana que era comandada por Cáceres. La reserva, integrada por civiles, defendía tres reductos que entraron en combate. Entre los reductos se hallaban los restos del ejército de línea y la marina de guerra transformada en infantería, bajo el mando del comandante Juan Fanning, quien murió en combate. En Miraflores también estuvieron los chalacos, todos ellos bajo mando de Cáceres, quien condujo en dos ocasiones cargas exitosas que lo llevaron a capturar Barranco. Los chilenos cargaron por el centro, sobre el tercer reducto, para envolver a la avanzada peruana en Barranco y lo lograron gracias a la inacción de una parte considerable de las tropas peruanas. Manuel González Prada estuvo entre los reservistas que no entraron en combate. Sus jefes observaron atónitos y cruzaron los brazos. Luego, escribió unas amargas memorias donde se queja por la pasividad e indisciplina, que junto a la inferioridad militar, fueron a su juicio las causas de la derrota peruana.

Los barcos chilenos desde la bahía de Lima cañonearon incesantemente a los defensores de Miraflores. Entre estos barcos se hallaba el Huáscar, cuyo recorrido por la bahía flameando bandera chilena había causado profunda desazón entre los peruanos. En los tres reductos que entraron a la lucha se hallaban profesionales, trabajadores y comerciantes limeños. Ellos pelearon con gran denuedo y al final muchos se sacrificaron. Los chilenos concentraron su ejército en una línea más bien pequeña y contraatacaron con gran densidad de topas. Los peruanos atravesaron problemas logísticos porque los fusiles eran de tipos muy distintos y cuando se acababan los cartuchos pasaba largo tiempo antes que llegaran los repuestos y muchas veces eran incorrectos. Cuando sonó la última hora del Perú, las tropas que estaban entre los reductos y se concentraron adentro. Ello facilitó la ruptura de la línea y el ataque por detrás hacia las seis de la tarde. El parte peruano informa de pérdidas por tres mil hombres. Los chilenos reportan 2,500 fallecidos propios, el 25% de sus soldados participantes en la batalla. Dice Jorge Basadre, que con excepción de Tarapacá, Miraflores fue la batalla más encarnizada de la guerra. La defensa peruana cayó por tramos y los que quedaron al final fueron los del reducto número 2, defendido por los abogados y los estudiantes universitarios. Su jefe era el abogado Ramón Ribeyro.

Piérola dio muestras de gran valor personal, cargando a caballo contra los chilenos en más de una ocasión. Pero, como jefe fue nulo, no se le ocurrió ninguna idea general. Cabe mencionar en su defensa que el ejército que se reunió en San Juan y Miraflores fue hechura suya. Si no fuera por su tesón y por la amplitud de sus redes políticas, la capital no hubiera contado con defensores. Al caer la noche, Piérola abandonó el campo de batalla y subió a la sierra para iniciar la resistencia nacional. Ese fue otro de sus grandes méritos.

Pero, el Perú se dividió a continuación, porque los notables de Lima eligieron a Francisco García Calderón como presidente. Se iniciaron tratativas de rendición, pero el gobierno de La Magdalena se negó firmemente a firmar una paz con cesión territorial. Los chilenos querían que el Perú entregue Tarapacá, Tacna y Arica, mientras que García Calderón les ofreció solamente una compensación económica. Los chilenos montaron en furia porque lo habían dejado elegir creyendo que sería un títere en sus manos y lo mandaron preso a Chile. Ahí pasó mil penurias, fue acompañado por su esposa y pasó tres años de cautiverio.

En esas circunstancias, Piérola se retiró y el Perú pasó a ser comandado por el contralmirante Lizardo Montero, quien primero estuvo en Ancash y luego se estableció en Arequipa. Desde la Ciudad Blanca, Montero intentó continuar la lucha, reactivar la alianza con Bolivia e iniciar negociaciones de paz, pero pasó por mil penurias. Mientras el gobierno peruano vivía su crisis en Arequipa, la lucha se centró en la sierra central. Cáceres organizó una guerrilla en el valle del Mantaro, respaldado por una retaguardia en Ayacucho. Se inició la campaña llamada La Breña en el Perú y de la Sierra en Chile, corresponde a la etapa de resistencia nacional peruana. Cáceres supo organizar muy bien sus tropas, ganar el apoyo firme del campesinado y al menos temporalmente también de los terratenientes. En este lapso pudo derrotar a dos expediciones chilenas y obtener victorias en Pucará, Marcavalle y Concepción. Eran guerrillas que cuando atacaban eran cientos de personas armadas con piedras y armas de otra época, apenas encuadradas por soldados que portaban armas de fuego. Una de estas montoneras derrotó en La Concepción a una división de elite chilena en una acción de armas que no es tan célebre en el Perú, pero que es crucial en Chile, porque pelearon hasta ser exterminados y eran conducidos por un oficial apellidado Carrera Pinto, sobrino del presidente y nieto de un héroe de la independencia. Por ello, en Chile, Concepción equivale a Arica para el Perú, el honor máximo de morir peleando sin dejar sobrevivientes.

No obstante la bravura de Cáceres, otra vez el Perú se dividió y una facción dirigida por Miguel Iglesias pactó en Ancón la paz con Chile. Luego, el ejército de Arequipa se disolvió ante el avance de una división chilena y concluyó la guerra, el más funesto episodio en la historia del Perú independiente. ¿Por qué perdió la guerra el Perú? Esa pregunta atormenta a los peruanos más de cien años. Hay muchas respuestas, pero Jorge Basadre, el principal historiador de la república, sostuvo que se perdió por dos razones. Primera, el Perú estaba basado en un abismo social: habían ricos muy poderosos y pobres muy miserables, nada entre ellos. Segunda, el estado era empírico, los gobiernos eran caóticos y desordenados. No sólo tenía razón, sino que estos factores siguen presentes.
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