Documental: Enséñame pero Bonito

✍ Directora y guionista: Sara Moreno

Sinopsis

Enséñame pero bonito, es un documental que muestra diferentes experiencias educativas alternativas al modelo tradicional de aprendizaje. Pretende visibilizar y abrir un debate sobre los principales métodos de enseñanza actuales. 

Objetivo del Documental

Enséñame pero Bonito
Enséñame pero Bonito
El objetivo del documental Enséñame pero bonito es presentar alternativas educativas eficaces para la formación integral de los/as niños/as. Este documental es una aportación para trabajar por una renovación pedagógica, que parte de pensamientos críticos, experiencias reales y que se desarrolla en y para la libertad.

​Los realizadores del documental tratan de mostrar y promover la reflexión sobre la pedagogía que conocemos y con la que aprendimos a multiplicar y leer. Ayudar a cuestionarnos si fue la más eficaz y si existen otras maneras más respetuosas y actuales.

Este trabajo muestra experiencias educativas que motivan la reflexión profunda sobre el concepto de Escuela.  


Video: La Educación Prohibida

✍ Dirección: Germán Doin.
✍ Dirección artística: Juan Vautista.
✍ Producción: Daiana Gomez, Eimi Ailen Campos, Fernanda Blanc, Florencia Moreno.
✍ Guion: Germán Doin, Verónica Guzzo, Julieta Canicoba, Juan Vautista.
✍ Estreno Mundial 13 de Agosto del 2012.
✍ Licencia: Creative Commons del tipo Copyleft.
✍ Sitio Oficial: www.educacionprohibida.com

Sinopsis

La Educación Prohibida
La Educación Prohibida
La escuela ha cumplido ya más de 200 años de existencia y es aun considerada la principal forma de acceso a la educación. Hoy en día, la escuela y la educación son conceptos ampliamente discutidos en foros académicos, políticas públicas, instituciones educativas, medios de comunicación y espacios de la sociedad civil.Desde su origen, la institución escolar ha estado caracterizada por estructuras y prácticas que hoy se consideran mayormente obsoletas y anacrónicas. Decimos que no acompañan las necesidades del Siglo XXI. Su principal falencia se encuentra en un diseño que no considera la naturaleza del aprendizaje, la libertad de elección o la importancia que tienen el amor y los vínculos humanos en el desarrollo individual y colectivo.

A partir de estas reflexiones críticas han surgido, a lo largo de los años, propuestas y prácticas que pensaron y piensan la educación de una forma diferente. "La Educación Prohibida" es una película documental que propone recuperar muchas de ellas, explorar sus ideas y visibilizar aquellas experiencias que se han atrevido a cambiar las estructuras del modelo educativo de la escuela tradicional.

Más de 90 entrevistas a educadores, académicos, profesionales, autores, madres y padres; un recorrido por 8 países de Iberoamérica pasando por 45 experiencias educativas no convencionales; más de 25.000 seguidores en las redes sociales antes de su estreno y un total de 704 coproductores que participaron en su financiación colectiva, convirtieron a "La Educación Prohibida" en un fenómeno único. Un proyecto totalmente independiente de una magnitud inédita, que da cuenta de la necesidad latente del crecimiento y surgimiento de nuevas formas de educación.


Video: La Guerra del Pacífico

 Programa: Sucedió en el Perú
 Fuente: Televisión Nacional del Perú
 Conductor: Antonio Zapata

Invitados:

 Wilfredo Kapsoli
 Nelson Manrique
 Daniel Parodi
 Javier Tantalean
 Jorge Ortiz
 Lucas Borja (Músico y compositor)

Relato:

Combate de Iquique - T. Somerscales.
La Guerra del Pacífico

Chile declaró la guerra al Perú el 5 de abril de 1879. Para aquel entonces, la república de la estrella solitaria ya estaba en campaña militar, porque en febrero del mismo año, 1879, había invadido el litoral boliviano de Atacama. Como respuesta, el Perú envió a la misión diplomática conducida por José Antonio Lavalle ante el gobierno de Chile, pretendiendo lograr la paz en el último instante. Pero, Lavalle no pudo conseguir sus objetivos y estalló el conflicto bélico más importante la vida independiente de estos tres países. Cuando comenzó la guerra con el Perú, Chile disponía del anteriormente boliviano puerto de Antofagasta como base de operaciones armadas. Por su parte, los buques peruanos necesitaban urgentes reparaciones porque no estaban en condiciones para hacerse a la mar y combatir una guerra. Mientras tanto, los chilenos estaban en una guerra real desde hacia dos meses y su ejército era una máquina de guerra que aceitaba sus engranajes conforme pasaban los días.
La Independencia y el Huáscar eran los principales buques peruanos. Ambos eran acorazados, sus defensas eran sólidas; asimismo ambos buques habían llegado al Pacífico durante la década de 1860. Ambos eran inferiores a los dos blindados chilenos, que fueron comprados durante la década siguiente de 1870. Tomando en cuenta que era una época de grandes innovaciones, diez años de diferencia tecnológica era bastante. Los acorazados chilenos se llamaban Cochrane y Blanco Encalada, disponían de un blindaje superior y de un poder artillero mayor que sus pares peruanos. Por otro lado, también formaban las escuadras un conjunto de naves de poder intermedio y en este terreno la desventaja peruana era considerable, porque Chile disponía de seis corbetas y cañoneras mientras que el Perú tenía solamente dos. Por su parte, Bolivia carecía de unidades navales y la lucha por el mar sería exclusivamente entre Chile y el Perú. Durante la década de 1870, el Perú había caído en bancarrota, dejando de pagar la deuda externa a los acreedores internacionales. Como consecuencia, el crédito fiscal se había arruinado. Por ello, el Perú no había tenido dinero para comprar armamento al nivel que lo había hecho Chile, que por su parte, había estado a punto de ir a la guerra contra Argentina y se había preparado para esa eventualidad.

Iniciadas las hostilidades, los chilenos establecieron el bloqueo de Iquique, puerto entonces peruano por donde se exportaba el salitre. El bloqueo estacionó a su escuadra que, no obstante ser superior, estaba paralizada, mientras que los buques peruanos tuvieron tiempo para realizar las más urgentes reparaciones y luego hacerse a la mar. Promediando mayo, los buques peruanos se dirigieron hacia el sur en un convoy que incluía al Presidente de la República, el general Mariano Ignacio Prado, decidido a dirigir la guerra desde Arica, donde el Perú instaló su campamento general. Mientras tanto, la escuadra chilena había tomado el camino de El Callao; se habían sucedido muchos pedidos para que la flota ataque y no permanezca anclada. Ambas escuadras se cruzaron en el mar sin verse, porque mientras los peruanos navegaban pegados a la costa, los chilenos lo hicieron por alta mar. Al llegar a Arica desembarcó el presidente y los dos acorazados peruanos se dirigieron a romper el bloqueo de Iquique que había quedado a cargo de la reserva chilena. Las naves chilenas eran la Esmeralda y la Covadonga, que fueron sorprendidas por la aparición del Huáscar en la madrugada del 21 de mayo. Grau inició el cañoneo, pero sus tiros no daban en el blanco por la impericia de los artilleros, la mayoría de los cuales eran extranjeros. La organización profesional de la armada peruana era incipiente y muchos extranjeros ocupaban cargos que implicaban conocimiento de ingeniería naval.
Ese 21 de mayo de 1879, la Independencia venía retrasada y apresuró el paso, al grado que al entrar a la bahía de Iquique se pasó de largo y se interpuso entre el Huáscar y las naves chilenas. Esa circunstancia fue aprovechada por la Covadonga que se escapó del encierro del Huáscar. La Independencia siguió a la nave chilena al escape y se trabaron dos duelos de a dos. El primer combate fue en Iquique y tuvo como protagonistas al Huáscar y la Esmeralda. Los artilleros peruanos no le daban a la Esmeralda, que se pegó a la costa para dificultar los disparos que si estaban mal dirigidos podían caer sobre la población civil peruana. Finalmente el Huáscar fue al espolón en tres ocasiones hasta hundir el buque enemigo. En el primer encuentro saltó al abordaje el jefe chileno, el comandante Arturo Prat, que víctima de su arrojo pereció en cubierta del Huáscar. Chile ganó un héroe y solamente perdió una nave antigua, puesto que la Esmeralda era de madera.
El resultado del otro duelo marino fue funesto para el Perú. La Independencia se perdió al chocar con un banco del fondo y la Covadonga logró fugar llevándose un gran triunfo. También habían fallado los artilleros y presa de la ansiedad, el Comandante More, jefe de la Independencia, intentó acercarse a la Covadonga , con tan mala fortuna que encalló en unos arrecifes. La pérdida de la Independencia llevó al Perú a modificar el enfoque de la guerra marítima. Si al comenzar la inferioridad peruana era manifiesta, ahora era definitiva. Así, la nueva estrategia fue alargar la guerra en el mar para permitir el despliegue del ejército de tierra en Tarapacá y defender el territorio en disputa. El alto mando peruano decidió combatir detrás de las líneas chilenas para desorganizarlas. No se autorizaron combates abiertos con las naves chilenas salvo cuando no hubiera otra solución. El Perú optó por una táctica guerrillera: golpear y desaparecer.
Así, la pequeña flota peruana destruyó en repetidas ocasiones el cable submarino, interrumpiendo las comunicaciones chilenas. Asimismo, desmanteló las máquinas de agua potable para dificultar el desplazamiento del ejército de tierra. También capturó naves, como el convoy Rímac que transportaba a una división de elite conducida por un familiar del presidente de Chile. Los triunfos del Huáscar desconcertaron y enfurecieron a los chilenos, que esperaban estar ganando con comodidad dada su superioridad material. Hubo una crisis de gabinete y se nombraron nuevos ministros en el país sureño. Habiéndose reorganizado el alto mando naval chileno, diseñaron un nuevo plan destinado a cazar al Huáscar antes de proseguir la guerra.
El 8 de octubre de 1879, Miguel Grau murió en una emboscada y Chile capturó al monitor Huáscar. Ese día, el Perú perdió definitivamente el mar y quedó inmovilizado, mientras que Chile dispuso de todas las ventajas para desplazar a sus tropas. Apenas un mes después, el Perú sufrió la mutilación de su territorio. Chile invadió el Perú por Pisagua y consolidó sus posiciones derrotando al ejército aliado en San Francisco. A continuación, el estado mayor chileno decidió rematar al ejército peruano del sur, enviando una división de elite al mando del Coronel Eleuterio Ramírez. Estas tropas estaban integradas por cuatro mil soldados que buscaron sorprender a los maltrechos peruanos que penosamente se habían reagrupado después del desastre de San Francisco. La madrugada del 27 de noviembre se produjo el encuentro. El escenario fue el pueblo de Tarapacá, un típico pueblo andino enclavado en el fondo de una quebrada.
Por las alturas apareció la vanguardia chilena y rápidamente fue enfrentada por tropas peruanas del Zepita y el 2 de Mayo, al mando del Coronel Andrés Avelino Cáceres. Mientras en las alturas, Cáceres contenía el ataque, Ramírez al mando de los Zuavos del Segundo de Línea atacó de frente el mismo pueblo de Tarapacá, que fue defendido por el Coronel Francisco Bolognesi, quien logró derrotar a los atacantes. También se encontraban presentes Alfonso Ugarte, su compañía de civiles tarapaqueños y los policías de Arequipa, conducidos por el coronel Ríos quien pereció en la lucha. Inclusive, el policía arequipeño Mariano Santos arrebató el estandarte de esa división chilena, ganando uno de los pocos trofeos de guerra que obtuvo el Perú. Al caer la tarde de ese 27 de noviembre, Andrés Avelino Cáceres buscó a su hermano Juan, quien ostentaba el grado de teniente y había peleado en el pueblo. Lo encontró en agonía y lo ayudó a morir. Conmovido, con el corazón en tinieblas, el coronel Cáceres recordó el vuelo de las mariposas blancas por la campiña ayacuchana.
No obstante esta victoria, que permitió salvar parte de la fuerza militar, en noviembre de 1879, el Perú perdió la región salitrera, entonces en disputa a causa de sus riquezas. La conquista de los nitratos le confirió a Chile capital suficiente para pelear exitosamente el resto de la guerra. Luego, en diciembre, fugó el presidente Mariano Ignacio Prado dejando abandonado su cargo y profundizando la crisis peruana. El caudillo Nicolás de Piérola dio un golpe de estado, cerró el Congreso y proclamó la dictadura para intentar salvar a la patria en su hora más difícil.

A continuación, fueron las grandes batallas de Tacna y Arica, donde el ejército chileno destruyó a las fuerzas combinadas peruano bolivianas. El 26 de mayo de 1880 el Perú perdió Tacna, después de una encarnizada batalla que dirigió el presidente de Bolivia, Narciso Campero, quien condujo al sacrificio a su regimiento de elite: los Colorados. El jefe peruano era el Contralmirante Lizardo Montero, quien luego sería presidente del Perú durante buena parte de la resistencia nacional. Después de la derrota de Tacna, la guarnición peruana de Arica quedó aislada. Ellos eran unos 1,200 hombres que cuidaban el último fuerte peruano en el sur. Arica era una leyenda. El morro estaba artillado y se había enfrentado varias veces a cañonazos con la escuadra chilena. Además, contaba con una batería flotante, el Manco Cápac, que tenía unos cañones poderosos. Pero, Arica estaba rodead por todo el ejército de Chile en desventaja de ocho a uno. El General en jefe chileno era Manuel Baquedano, quien ofreció una retirada honrosa, autorizando a la guarnición dirigirse a las montañas, desfilando provista de armamento ligero y con sus pabellones al viento. Chile necesitaba el puerto con urgencia para reabastecer a sus tropas que estaban ocupando territorio entonces enemigo.

En esos días, el puerto de Iquique ya estaba en manos chilenas y había comenzado su cambio definitivo de nacionalidad. Las calles cambiaban de nombre. Desaparecía el jirón 28 de julio, para ser reemplazado por la avenida Prat. Iquique estaba llena de funcionarios que procedían a un nuevo reparto de las concesiones salitreras. Los nuevos dueños estaban en Valparaíso, instalados en cómodas casas comerciales que reportaban a Londres. Los funcionarios chilenos estaban acompañados por hombres de negocios ingleses que compraban el salitre, ocupaban las minas, pronto pondrían en marcha una fundición y sucursales bancarias. Apenas terminada la guerra se levantaría el imperio de Douglas North, un británico que fue el verdadero barón del salitre chileno. Mientras tanto, como siempre, una multitud de trabajadores nacidos en los tres países en conflicto se encargaba de procesar el caliche y embarcarlo hacia Europa.

Si Iquique sufría una mutación, Arica vivía su última hora como peruana. El alcalde era un italiano apellidado Pescetto que salvó muchas vidas y no pocos valores. La aduana había sido construida por la casa Eiffel y su elegante figura de hierro fue abandonada por los soldados que dejaron por última vez el puerto para subir a defender el morro. El jefe peruano era el Coronel Francisco Bolognesi, nacido en Arequipa hacía 65 años, aunque aún estaba fuerte y no tenía nada que perder, sólo la gloria por ganar. Estaba decidido a pelear hasta quemar el último cartucho y rechazar la oferta de Chile. Pero, era un hombre justo y no quiso imponer su decisión. Consultó a la junta de guerra, donde estuvo acompañado por el Comandante Juan More, que era una triste figura de la guarnición. More había perdido La Independencia, y desde ese día, se había vestido de luto. Con ánimo decidido, More opinó por morir peleando, prefirió salvar su nombre. En ese momento, la postura de los jóvenes fue decisiva. Alfonso Ugarte y Ramón Zavala eran coroneles y estaban en sus treintas, eran amigos y nativos de Iquique, ninguno era militar de carrera sino que eran civiles, habían armado un batallón con su propio peculio y solicitado ser incorporados a filas. Alfonso Ugarte era millonario, su familia era una de las propietarias del departamento más rico del Perú. Él mismo había sido alcalde de Iquique y su amor por el Perú pudo más que la prudencia. Cuando estalló el conflicto, su familia quiso llevarlo a Europa, pero él se alistó. Había peleado en Tarapacá y sabía que iba a morir en Arica. Cuando se trató de decidir, caminó al frente y conminó a los oficiales para acompañar al viejo Bolognesi hasta el final. ¡Arica no se rinde!
Después de las batallas de Tacna y Arica, la situación del Perú era fatal. La armada chilena bloqueó todo los puertos, incluyendo El Callao. La pretensión del gobierno de Chile era quebrar la economía peruana y precipitar el fin de la guerra, para aquel entonces, en cortos 14 meses, ya habían obtenido todo el territorio que deseaban. Para enfrentar el bloqueo, la marina peruana desarrolló operaciones de sabotaje y lanzó torpedos contra las naves bloqueadoras. Dos buques chilenos fueron hundidos: el Loa y la famosa Covadonga, que había hundido a la Independencia al comenzar la guerra. Esta última acción llevada adelante en la bahía de Chancay parcialmente reconfortó el maltrecho ánimo peruano. Al menos, La Covadonga yacería para siempre en sus mares.

Las batallas de defensa de Lima fueron el 13 y 15 de enero de 1881, y constituyeron un desastre para el Perú. Después de su victoria, el ejército chileno ingresó a la capital y flameó su bandera en Palacio de Gobierno por tres largos años. La disposición de las fuerzas peruanas en el terreno de batalla fue un absurdo de Nicolás de Piérola, quien carecía de formación militar y sin embargo dirigió personalmente el dispositivo. En San Juan, la línea peruana era tan larga que cada soldado ocupaba un metro de terreno y no tenía a nadie detrás. A los chilenos les bastó ponerse en filas de cincuenta y cortar la línea por múltiples puntos. Por ello, a poco de comenzada la batalla, los peruanos estaban flanqueados y fueron tomados por detrás en la puerta misma de la capital. Además, la segunda línea de Miraflores era también un error. En principio porque su misma existencia inducía a la retirada. Así, la primera línea estaba perdida antes de comenzar, porque todo destacamento peruano que era envuelto, antes de jugársela a muerte, buscaba retroceder a los reductos de la segunda línea. Además, estaba muy lejos, porque si hubiesen estado cerca, ambas líneas podrían haber entrado en combate el mismo día y se hubieran reforzado mutuamente. Pero no. Quedaban tan lejos, que mientras unos peleaban hasta morir, los otros observaban impotentes, mirando la desgracia por sus catalejos.

A media mañana, la lucha se centró en Chorrillos. La reserva peruana reforzó a los defensores del Morro Solar que estaban al mando del Coronel Miguel de Iglesias, entonces ministro de guerra. Al mando de los batallones frescos estaba Isaac Recavarren, que había defendido con bravura el puerto de Pisagua y se había ganado el mote de “el León de Pisagua”, e hizo honor a su apelativo defendiendo Chorrillos calle por calle, casa por casa. El morro cayó a las dos de la tarde. La lucha había sido tenaz. Los chilenos estaban comandados por el almirante Patricio Lynch y según su reporte perdieron 90 oficiales y 1900 soldados en el asalto al morro. Cuando cayó el morro, Chorrillos no se rindió sino que estaba rodeado por fuego y ambas partes pelearon hasta el final con valor y honor. Dice el historiador chileno Vicuña Mackena, “increíble y nunca visto era el arrojo y encarnizamiento de los peruanos en Chorrillos”. Los soldados peruanos no eran limeños, sino serranos del Mantaro y de Ancash. El parte militar peruano consigna cuatro mil muertos y dos mil prisioneros. Después de su victoria, algunas unidades chilenas se dedicaron al saqueo y se emborracharon a morir en los palacetes de la oligarquía peruana. Unos 350 soldados chilenos y más de un oficial perecieron en el desorden. Asimismo, fusilaron a once bomberos italianos que estaban apagando los fuegos. El incendio ardió por tres días hasta que se consumió todo Chorrillos.

Durante la noche, tanto Cáceres como el coronel César Canevaro, plantearon atacar por sorpresa. De acuerdo a su argumento, los chilenos estaban borrachos y un ataque audaz y nocturno podía destruirlos. Su petición fue negada porque Piérola adivinó que sólo una fracción del ejército de Chile había caído en desorden. Al día siguiente se iniciaron conversaciones tendientes a la rendición y se estableció una tregua. Mientras tanto, las tropas chilenas prendieron fuego a Barranco. Esas negociaciones eran patrocinadas por el cuerpo diplomático extranjero asentado en Lima y por el almirante francés Bergase du Petit Thouars, quien las respaldaba con la fuerza de su nave, una de las más poderosas del mundo en aquellos días. La noche del 14 al 15 se durmió sobre las armas. Al mediodía del 15, el general Baquedano, comandante en jefe del ejército de Chile, inició un reconocimiento de sus posiciones casi en el mismo frente de batalla. Cuando estaba en la quebrada de Armendáriz, los peruanos empezaron a disparar y se generalizó el combate de forma inesperada. La lucha se centró en la derecha peruana que era comandada por Cáceres. La reserva, integrada por civiles, defendía tres reductos que entraron en combate. Entre los reductos se hallaban los restos del ejército de línea y la marina de guerra transformada en infantería, bajo el mando del comandante Juan Fanning, quien murió en combate. En Miraflores también estuvieron los chalacos, todos ellos bajo mando de Cáceres, quien condujo en dos ocasiones cargas exitosas que lo llevaron a capturar Barranco. Los chilenos cargaron por el centro, sobre el tercer reducto, para envolver a la avanzada peruana en Barranco y lo lograron gracias a la inacción de una parte considerable de las tropas peruanas. Manuel González Prada estuvo entre los reservistas que no entraron en combate. Sus jefes observaron atónitos y cruzaron los brazos. Luego, escribió unas amargas memorias donde se queja por la pasividad e indisciplina, que junto a la inferioridad militar, fueron a su juicio las causas de la derrota peruana.

Los barcos chilenos desde la bahía de Lima cañonearon incesantemente a los defensores de Miraflores. Entre estos barcos se hallaba el Huáscar, cuyo recorrido por la bahía flameando bandera chilena había causado profunda desazón entre los peruanos. En los tres reductos que entraron a la lucha se hallaban profesionales, trabajadores y comerciantes limeños. Ellos pelearon con gran denuedo y al final muchos se sacrificaron. Los chilenos concentraron su ejército en una línea más bien pequeña y contraatacaron con gran densidad de topas. Los peruanos atravesaron problemas logísticos porque los fusiles eran de tipos muy distintos y cuando se acababan los cartuchos pasaba largo tiempo antes que llegaran los repuestos y muchas veces eran incorrectos. Cuando sonó la última hora del Perú, las tropas que estaban entre los reductos y se concentraron adentro. Ello facilitó la ruptura de la línea y el ataque por detrás hacia las seis de la tarde. El parte peruano informa de pérdidas por tres mil hombres. Los chilenos reportan 2,500 fallecidos propios, el 25% de sus soldados participantes en la batalla. Dice Jorge Basadre, que con excepción de Tarapacá, Miraflores fue la batalla más encarnizada de la guerra. La defensa peruana cayó por tramos y los que quedaron al final fueron los del reducto número 2, defendido por los abogados y los estudiantes universitarios. Su jefe era el abogado Ramón Ribeyro.

Piérola dio muestras de gran valor personal, cargando a caballo contra los chilenos en más de una ocasión. Pero, como jefe fue nulo, no se le ocurrió ninguna idea general. Cabe mencionar en su defensa que el ejército que se reunió en San Juan y Miraflores fue hechura suya. Si no fuera por su tesón y por la amplitud de sus redes políticas, la capital no hubiera contado con defensores. Al caer la noche, Piérola abandonó el campo de batalla y subió a la sierra para iniciar la resistencia nacional. Ese fue otro de sus grandes méritos.

Pero, el Perú se dividió a continuación, porque los notables de Lima eligieron a Francisco García Calderón como presidente. Se iniciaron tratativas de rendición, pero el gobierno de La Magdalena se negó firmemente a firmar una paz con cesión territorial. Los chilenos querían que el Perú entregue Tarapacá, Tacna y Arica, mientras que García Calderón les ofreció solamente una compensación económica. Los chilenos montaron en furia porque lo habían dejado elegir creyendo que sería un títere en sus manos y lo mandaron preso a Chile. Ahí pasó mil penurias, fue acompañado por su esposa y pasó tres años de cautiverio.

En esas circunstancias, Piérola se retiró y el Perú pasó a ser comandado por el contralmirante Lizardo Montero, quien primero estuvo en Ancash y luego se estableció en Arequipa. Desde la Ciudad Blanca, Montero intentó continuar la lucha, reactivar la alianza con Bolivia e iniciar negociaciones de paz, pero pasó por mil penurias. Mientras el gobierno peruano vivía su crisis en Arequipa, la lucha se centró en la sierra central. Cáceres organizó una guerrilla en el valle del Mantaro, respaldado por una retaguardia en Ayacucho. Se inició la campaña llamada La Breña en el Perú y de la Sierra en Chile, corresponde a la etapa de resistencia nacional peruana. Cáceres supo organizar muy bien sus tropas, ganar el apoyo firme del campesinado y al menos temporalmente también de los terratenientes. En este lapso pudo derrotar a dos expediciones chilenas y obtener victorias en Pucará, Marcavalle y Concepción. Eran guerrillas que cuando atacaban eran cientos de personas armadas con piedras y armas de otra época, apenas encuadradas por soldados que portaban armas de fuego. Una de estas montoneras derrotó en La Concepción a una división de elite chilena en una acción de armas que no es tan célebre en el Perú, pero que es crucial en Chile, porque pelearon hasta ser exterminados y eran conducidos por un oficial apellidado Carrera Pinto, sobrino del presidente y nieto de un héroe de la independencia. Por ello, en Chile, Concepción equivale a Arica para el Perú, el honor máximo de morir peleando sin dejar sobrevivientes.

No obstante la bravura de Cáceres, otra vez el Perú se dividió y una facción dirigida por Miguel Iglesias pactó en Ancón la paz con Chile. Luego, el ejército de Arequipa se disolvió ante el avance de una división chilena y concluyó la guerra, el más funesto episodio en la historia del Perú independiente. ¿Por qué perdió la guerra el Perú? Esa pregunta atormenta a los peruanos más de cien años. Hay muchas respuestas, pero Jorge Basadre, el principal historiador de la república, sostuvo que se perdió por dos razones. Primera, el Perú estaba basado en un abismo social: habían ricos muy poderosos y pobres muy miserables, nada entre ellos. Segunda, el estado era empírico, los gobiernos eran caóticos y desordenados. No sólo tenía razón, sino que estos factores siguen presentes.


Video: El Tahuantinsuyu 

 Programa: Sucedió en el Perú
 Fuente: Televisión Nacional del Perú
 Conductor: Antonio Zapata

Invitados:

✍ Waldemar Espinoza (historiador)
 Luis Lumbreras (arqueólogo)
 Lidia Fosa (historiadora) 
 José Canziani (arquitecto)
 Alfonsina Barrionuevo

Relato:

El Tahuantinsuyu
El Tahuantinsuyu - Machu Picchu
El Tahuantinsuyu

De acuerdo al mito, los hermanos Ayar salieron de la cueva de Pacaritambu o Posada del Amanecer. El nacimiento en una cueva era una figura clásica de la mitología andina, porque las pacarinas, o lugares de origen, eran siempre accidentes naturales, como cuevas o fuentes de agua. Esta cueva estaba en el cerro Tamputoco, que tenía tres ventanas, de una salieron cuatro hermanos y cuatro hermanas.

Los legendarios Ayar y sus hermanas iniciaron su andar por punas y quebradas avanzando por los Andes con el propósito de encontrar un lugar apropiado para asentarse. Pronto se deshicieron de Ayar Cachi, rogándole que vuelva a la cueva originaria y cuando entró, sus hermanos la tapiaron dejándolo encerrado para siempre. Los demás le temían porque Ayar Cachi disponía de poderes que amenazaban al resto; su honda era capaz de derribar cerros y formar quebradas.

Los Ayar eran agricultores, aunque también errantes. Ellos se detenían a producir y después de unas cosechas retomaban su marcha. No eran recolectores y cazadores, sino agricultores y ganaderos trashumantes, que estaban en busca de un buen lugar para establecerse. Esta condición parece haber sido común en los Andes cuando ante el aumento de la población, algunos grupos organizados en ayllus salían en busca de nuevas tierras donde establecerse.

Después de mucho andar, los Ayar llegaron a un sitio donde decidieron que Ayar Uchu se transforme en piedra para convertirse en huaca, un lugar sagrado a ser llamado Huanacauri. Esa huaca los ayudaría a encontrar su sitio en este mundo, porque la forma lítica era un recurso andino para perpetuar a un personaje. Así, Ayar Uchu siguió en contacto con su grupo brindándoles aliento y sabiduría divina. En ese lugar y en su memoria se celebraba la ceremonia de iniciación de los jóvenes incas, el warachicu.

Vuelta a caminar, hasta que Ayar Manco arrojó una vara para que se asiente donde ellos debían permanecer. Esa vara voló hasta el paraje llamado Gauayanaipata, donde el terreno permitió que se clave en el suelo. Trataron de llegar al sitio, pero encontraron resistencia de otros grupos humanos y tuvieron que volver atrás. Desde allí, Ayar Auca voló al encuentro de la vara clavada en el suelo. Al tocar tierra se volvió un monolito de piedra. Esta segunda transformación en monumento lítico les anticipó el triunfo, porque en el mundo andino las grandes piedras señalaban la propiedad.

Ayar Manco cambió de nombre por Manco Cápac y entró a la zona elegida, donde se levantaría el futuro Cuzco. Esta región estaba densamente poblada y los recién llegados sólo encontraron sitio en las alturas del pequeño valle del Huatanay. Antes tuvieron que pelear, incluso por su modesto lugar de asentamiento. En esa lucha fue fundamental una de las mujeres llamada Mama Huaco.

Ella era valiente y aguerrida, en medio de la refriega mató a un enemigo, le extrajo el pulmón y soplándolo produjo un ruido espantoso que ahuyentó a los rivales. Mama Huaco representa un tipo de mujer andina, de prospecto varonil, que no se amedrenta nunca, ni ante el frío ni ante la violencia. Estos atributos la hacen mujer libre, no sometida necesariamente al matrimonio, a menos que ella sea quien lleve las riendas.

El otro prototipo femenino es Mama Ocllo, que representa a la mujer en su papel tradicional. Mama Ocllo se halla también en el otro mito inca de orígenes, aquel de la pareja primordial que nace del lago Titicaca. En ambos relatos, Mama Ocllo cocina, teje, prepara la comida, educa a los hijos y cuida de los ancianos. Así, ella es el ideal de la mujer sumisa que se acopla al varón para que sea él quien conduzca la pareja.

De acuerdo al cronista Sarmiento de Gamboa, los ayllus que fundaron el Cuzco estaban dirigidos por cuatro personajes: Manco Cápac, Mama Huaco, Sinchi Roca y Manco Sapaca. Es decir, en este relato mítico una mujer tenía mando político y era parte de la elite gobernante por derecho propio y no solamente en tanto esposa o madre del jefe. En este sentido, la sociedad andina tuvo algo de patriarcal, pero el balance entre los sexos estaba compensado por el poder político que adquirieron algunas mujeres. Ese poder relativo de la mujer prehispánica estaba reforzado por el papel fundamental de lo femenino en el parentesco.

En efecto, la mujer era decisiva para la definición del parentesco. Los incas estaban organizados en panacas; familias ampliadas dueñas de extensas propiedades en común que sustentaban su amplia intervención en la vida política del Cuzco. Es más, las panacas eran instrumentos cruciales de la acción política imperial. Como grupo de parentesco su definición era matrilineal. El hombre pertenecía a la panaca de su madre y sus hijos varones no se clasificaban con él, sino con sus progenitoras. El término Panaca viene de pana, que significa hermana. Por ello, las madres de los candidatos eran muy influyentes en la selección del futuro soberano. Ellas movilizaban a su propio grupo de parentesco para ejercer presión y montaban alianzas entre mujeres. Todo ello para posicionar a un hombre como potencial sapa inga, o gran jefe de los incas.

Durante algunos centenares de años, los incas fueron un grupo étnico entre otros, arrinconado en las nacientes de un pequeño tributario del Vilcanota, ni siquiera estaban ubicados en el valle sagrado sino en una tierra ciertamente marginal a los grandes recursos naturales regionales. Desde ahí fueron creciendo y cobrando cierta importancia como una entidad política que participaba activamente de coaliciones entre los quechuas. Desde hacía mucho tiempo, los quechuas mantenían un estado de guerra intermitente con los chancas. Éstos provenían de las actuales regiones de Ayacucho y Andahuaylas, habiendo avanzado recientemente sobre Abancay. De acuerdo a otro ciclo de relatos míticos, en tiempos del octavo inca, Huiracocha, los chancas se volvieron una grave amenaza porque avanzaron desafiantes hacia el Cuzco.

Este segundo mito relata cómo los incas rompieron el cerco de otros curacazgos y se impusieron para establecer el imperio. Los chancas fueron derrotados por Pachacútec y a continuación el inca invadió el actual Ayacucho. Luego, dio la vuelta y conquistó la región del lago Titicaca. A través de estas campañas, el inca se estableció en las sedes de los antiguos estados de Wari y Tiahuanaco. Estas dos campañas le proporcionaron a Pachacútec un gran poder, al unificar el área sur andina y propulsarla como cabeza de una nueva unificación del mundo conocido. No se reflexiona suficiente sobre las dimensiones del mundo para los andinos de la era prehispánica, por ello conviene resaltar que, para estas personas, el suyo era todo el mundo, no tenían contactos regulares ni conocían otras civilizaciones.

A continuación, Pachacútec quiso resolver el tema político de la sucesión del inca. Conforme a la organización de las panacas, el soberano tenía hijos reales o adoptados en todas las panacas y ellos competían entre sí para definir quien era más capaz de hacer alianzas para imponerse como nuevo soberano. Por ello, cada sucesión era una gran desorden y lucha abierta entre la aristocracia. Pachacútec trató de sortear ese riesgo incorporando un hijo como corregente, para irlo entrenando y dejarlo como sucesor al fallecer. Por ello, nombró a Amaru Inca Yupanqui, pero éste tenía espíritu de ecólogo y no de político ni de militar. Por ello, con su consentimiento, Pachacútec nombró a otro de sus “hijos”. Esta vez el cargo recayó en Túpac Yupanqui, quien fue un gran guerrero. La segunda gran expansión es fruto de las acciones de Túpac Yupanqui, quien conquistó al reino de los Chimú y completó las conquistas de la costa norte. Posteriormente Túpac salió en balsas y habría avanzado hasta la isla de Pascua.

Al fallecer Túpac Yupanqui, el nuevo soberano fue Huayna Cápac, quien llevó la expansión al máximo, habiendo incorporado el actual Ecuador y la zona de Pasto en la Colombia de nuestros días. Con Huayna Cápac los incas habrían encontrado su temprano esplendor. Por su parte, las conquistas incas habían extendido la frontera sur bastante más allá de la Bolivia contemporánea. El Tahuantinsuyu de hecho abarcaba medio Chile y toda la zona andina de la Argentina, que es bastante extensa. Más allá sólo habían tribus poco civilizadas, que los incas no tuvieron interés en incorporar a su dominio. La selva baja fue otro de sus límites naturales y su mundo corría a lo largo de los Andes y los desiertos costeros. Dos columnas vertebrales que conectaban a un mundo especialmente vertical, donde el territorio estaba quebrado en múltiples pequeños nichos productivos, situados a muy distintas alturas y dotados, por lo tanto, de ecologías propias y singulares.

La formidable expansión política de los incas estuvo basada en un universo de conceptos e instituciones que eran bastante comunes. Desde Caral en adelante había una historia compartida y muchas relaciones entre el conjunto de grupos étnicos que poblaban el mundo andino. Por ejemplo, el ayllu era universal. Antes que la familia nuclear como la conocemos hoy en día, en ese tiempo habían ayllus. Ellos eran el verdadero parentesco y también eran la vía para el acceso a la propiedad. Quien carecía de parientes era un huaccha, un pobre, un guachito, porque el ayllu era tanto familia como recursos.

Otro elemento común era la verticalidad. El trueque estaba muy extendido y los grupos étnicos tenían su gente dispersa por un territorio que incluía enclaves en distintas alturas. Así, un mismo grupo étnico tenía propiedades e integrantes cultivando y produciendo en todos los pisos ecológicos. Por ello, cada grupo era relativamente autónomo y disponía de productos muy variados para su dieta. Estos productos eran intercambiados en ocasión de sus fiestas y peregrinajes religiosos. A través de sus enclaves productivos, cada grupo étnico disponía de un universos de recursos e idealmente era autónomo.

Sin embargo, en la costa hubo un intercambio sostenido de productos a larga distancia. Los mercaderes de Chincha y de otras regiones costeras viajaban por mar para traer conchas sagradas del actual Ecuador. Ellos conducían grandes balsas que asemejaban naves y que llevaban telas y productos de metal para intercambiar con los productores del norte de Sudamérica. Francisco Pizarro, en el transcurso del segundo viaje de la conquista, se topó con una de estas balsas de mercaderes y los cronistas dejaron una descripción maravillada de su complejidad; admiraron su tamaño, la cantidad de gente que viajaba en ella y la riqueza de la mercadería que transportaba.

Otro elemento común fue la organización del trabajo. La base era el ayni, la ayuda mutua, el viejo principio del hoy por ti y mañana por mí. En ocasiones toda la comunidad trabaja para algún propósito colectivo y en esas ocasiones la actividad era conocida como minga. Finalmente, el estado solicitaba mano de obra para propósitos mayores, como conformar el ejército o tejer para los depósitos reales o para cuidar los caminos o para cultivar sus haciendas. En esa oportunidad el trabajo se llamaba mita y fue el antecedente de la institución colonial con el mismo nombre. Pero, en tiempo del inca reinaba el principio de la redistribución y si el estado solicitaba trabajo pues cumplía con su parte, entregaba obsequios en agradecimiento y cuidaba que la obra encargada tuviera sentido social, siendo de utilidad para la prosperidad general.

Las conquistas incas utilizaron tanto la persuasión como la fuerza. El ejército fue uno de los instrumentos de su dominio y los incas se caracterizaron por su disciplina y orden en el combate. Por otro lado, la diplomacia fue fundamental porque muchos curacazgos prefirieron una incorporación pacífica a la nueva entidad conocida como Tahuantinsuyu que estaba en construcción. Así, lograron expandirse porque se apoyaban en un sustrato común y porque emplearon hábilmente los recursos del poder. Los incas fueron grandes organizadores.

Sus instrumentos de gobierno fueron los quipus y los caminos. Gracias a los nudos pudieron llevar las cuentas de la tributación y de la distribución del trabajo de construir un imperio. Por su parte, los caminos pudieron mantener conectadas las partes de un mundo tan extenso, más aún si recordamos que, salvo la vía marítima, todos los desplazamientos eran a pie. Esos caminos existían desde antaño y los incas reordenaron el sistema para darle gran fluidez. Habían sido hechos para cubrir las rutas de peregrinaje, al cual fueron tan afectos los andinos desde el comienzo mismo de la civilización. Su uso en tiempos del inca era múltiple, pero debe tenerse bien presente que el estado los empleó para controlar el territorio a su cargo. Por ahí pasaba el ejército y sus caravanas de llamas; por ahí corrían los chaskis llevando noticias y órdenes.

Pero, la expansión fue demasiado extensa. Había un tema religioso que empujaba siempre hacia delante. Cada soberano dejaba a sus deudos, organizados en su panaca, los bienes que había conquistado personalmente. Con esos bienes se le rendiría culto a su momia. Por ello, tenía que legar nuevos territorios a su grupo de parentesco, para que su propia momia pueda ser honrada en los siglos venideros. Este factor empujó una gran expansión y en vísperas de la llegada de los españoles el Tawantinsuyu parece haber estado en vías de fracturarse. ¿Qué hubiera sucedido? Es imposible saberlo, pero era aún una entidad política joven, tenía unos cien años de fase imperial y aparentemente tenía techo por delante. Lo que si queda claro es que, en vísperas del contacto con occidente, los incas estaban en medio de grandes cambios y viviendo una transición.


Video: El Perú en la Segunda Guerra Mundial

 Programa: Sucedió en el Perú
 Fuente: Televisión Nacional del Perú
 Conductor: Antonio Zapata

Historiadores Invitados:

✍ Jorge Ortiz 
 Ricardo Portocarrero
 Iván Hinojosa 
 Eduardo Arroyo

Relato:

II Guerra Mundial
II Guerra Mundial
El Perú durante la Segunda Guerra Mundial

Durante buena parte de los años treinta, el Perú estuvo gobernado por el mariscal Óscar R. Benavides. Él era el puente perfecto entre el ejército y el poder económico. Era un oficial que había estudiado en la moderna escuela de cadetes bajo formación francesa y siendo comandante se había distinguido en el combate de La Pedrera, en el Putumayo contra Colombia comenzando la década de 1910. Derrocó a Billingurst en 1914 y fue presidente provisorio hasta que le dejó el poder a José Pardo, el último gobernante del segundo civilismo. Benavides fue exiliado por Leguía y había retornado al Perú luego de su caída. Tenía antecedentes que lo ubicaban como militar prestigioso, nacido entre las antiguas familias y con credenciales de opositor a Leguía. Su liderazgo sobre los militares era muy fuerte, gracias a lo cual fue nombrado jefe del ejército por Sánchez Cerro, habiendo heredado el poder luego de su asesinato en 1933. Convivió con el Legislativo hasta 1936 cuando convocó a elecciones, que anuló al hacerse evidente que estaba ganando Luis Antonio Eguiguren, quien contaba con apoyo del APRA. Luego de 1936, Benavides gobernaba sin parlamento y había prolongado su mandato hasta 1939. Al llegar ese año era evidente que el presidente tenía que irse; no era posible pensar en una nueva prolongación de su mandato. Desde que comenzó 1939 los asuntos políticos comenzaron a encenderse.

Durante la Guerra Civil española, 1936-1938, el gobierno peruano había sostenido la causa de Francisco Franco, sublevado contra la república. Las simpatías de Benavides habían sido evidentes a favor del fascismo. En esa época, la embajada italiana en el Perú había estado muy activa gestando apoyo formal al fascismo y a su líder Benito Mussolini. Pero, Benavides no se plegó completamente a los requerimientos del fascismo. El presidente peruano era afrancesado, se había formado como oficial en la escuela bajo comando francés y sus simpatías nunca habían estado con Alemania. Sin embargo, en 1937 aceptó una misión militar alemana para el ejército peruano, quebrando de ese modo la tradición de vínculos con Francia. Con todo, Benavides oscilaba, no se atrevía a romper definitivamente con los aliados, y lo más importante era que su período terminaba. Todo dependería del próximo presidente.

En febrero de 1939 se estaba celebrando el carnaval cuando el ministro de Gobierno y Policía, el general Antonio Rodríguez, intentó dar un golpe de estado contra Benavides. El golpe estuvo muy mal planeado y se limitó a la captura de palacio de gobierno, mientras Benavides se hallaba ausente. Hubo una refriega con la guardia de palacio y el jefe golpista fue muerto. Aunque se saldó sin mayores sobresaltos, la intentona de Palacios y el hecho de tratarse de un ministro de estado, hizo ver a Benavides que debía apurar el proceso electoral.

A lo largo de su carrera política, Benavides había sido aliado de la familia Prado. Junto a ellos había protagonizado el golpe contra Billingurst y también juntos habían partido al exilio durante el “oncenio”. Luego, en los años 1930, los Prado habían estado firmemente asociados con Benavides. Uno de los integrantes del clan, Jorge, fue el frustrado candidato oficialista de 1936, mientras que menor, Manuel había sido presidente del Banco Central de Reserva. Ya para aquel entonces había fallecido el conductor del grupo familiar, Javier Prado, rector de San Marcos y senador de la República , en cuyo nombre se erigió una avenida principal en Lima. Para representar al oficialismo en 1939 se preparó la candidatura de Manuel Prado Ugarteche. Su familia pertenecía al grupo selecto de los grandes propietarios, pero no era parte de los agroexportadores, que habían gobernado durante los 1930 apoyando a Benavides. Por el contrario, los Prado estaban interesados en el mercado interno peruano. Eran dueños de un banco, tenían empresas de bienes raíces, eran dueños de una fábrica de cemento y de compañías de seguros, lo suyo era el manejo de la economía local. Desde esa posición, los Prado también tenían empresas exportadoras de materias primas, haciendo que su ubicación económica fuera una combinación. Eran un grupo de elite muy especial para aquellos días, porque a diferencia del resto de su clase, también tenían intereses en el mercado interno y no estaban focalizados en la exportación.

Prado fue electo en las elecciones con relativa facilidad; su oponente fue José Quezada que no logró armar una candidatura viable. Estaba comenzando la II Guerra Mundial. Cuando Hitler invadió Polonia en septiembre de 1939, los ministros de relaciones exteriores de todos los países americanos se reunieron en Panamá y se declararon neutrales en la guerra europea que acababa de estallar. Sólo Canadá apoyó a los aliados desde el primer día. En estos primeros meses, el Perú estuvo satisfecho con las medidas de neutralidad y no tomó ninguna medida contra los ciudadanos alemanes, italianos o japoneses que vivían en el país.

Las medidas de política económica de Prado reflejaron mayor cuidado con los negocios en la esfera del mercado interno. Además, a causa de la guerra, no había mucho comercio internacional y el mercado interno fue mejor atendido por las políticas públicas que en otros momentos. Prado creó las Corporaciones Departamentales de Desarrollo e introdujo este concepto como uno de los fines del estado. Además, lanzó el proyecto del puerto y la siderurgia de Chimbote en un afán de llevar el capitalismo al interior del país y descentralizar al capital.

Por su parte, en julio de 1941 estalló la guerra entre Ecuador y el Perú. El conflicto diplomático se remontaba al siglo XIX y abarcaba una extensa área de reclamaciones. Ecuador buscaba una salida soberana al río Marañón- Amazonas, mientras que el Perú reclamaba la propiedad de todas las áreas regadas por los ríos que corren al Amazonas. Esas pretensiones máximas se alejaban de una línea de statu quo, firmada en los años 1930, que situaba la frontera en un punto intermedio. Esa línea del statu quo debería haber servido para aliviar las tensiones, pero volvieron a estallar y derivaron en una corta guerra ganada rápidamente por las FFAA peruanas. En ese conflicto, las FFAA demostraron una buena preparación bélica y un comando eficiente. Por su parte, la Guardia Civil combatió en primera fila y abrió el camino para el paso del ejército. Gracias a esta actitud, los héroes peruanos de esa guerra son guardias civiles, como Alipio Ponce por ejemplo, además del gran héroe de la aviación, José Abelardo Quiñónez. La guerra fue corta y la victoria militar contundente. En agosto de 1941 se habían apagado los fuegos en condiciones que las FFAA habían ocupado la provincia ecuatoriana del Oro. El Ejército se hizo fuerte en esa posición y no la desocupó hasta concluir la negociación diplomática. Por su parte, la presión diplomática internacional fue en sentido contrario y los militares peruanos necesitaron fortaleza para resistirla, tanta como la había necesitado previamente durante los días de batalla. Finalmente la estrategia fue exitosa y el Perú obtuvo en la mesa de negociaciones la vuelta al statu quo de los años treinta, pero ahora como Tratado y acuerdo formal de los dos países.

El presidente Prado estaba obligado a ir a la guerra. Su familia tenía una reputación muy comprometida ante el país, porque su padre, el general Mariano Ignacio Prado, había abandonado su cargo siendo presidente durante la infausta Guerra del Pacífico. Por ello, sus rivales políticos ponían en duda el patriotismo de toda la familia. Desde el comienzo mismo de la actuación pública de los hermanos Prado, la segunda generación después de Mariano Ignacio, el tema de la traición durante la guerra con Chile había sido un motivo central para la lucha política. Un arma en poder de sus enemigos. De este modo, Manuel Prado vio la oportunidad para lavar cualquier mancha familiar del pasado, proporcionándole al Perú una victoria contundente, tanto militar como diplomática.

El Tratado de Río de Janeiro fue firmado en enero de 1942 y consagraba los planteamientos principales del Perú. No fijaba la frontera en las pretensiones máximas del Perú, sino en la línea del statu quo. Sucede que las pretensiones máximas de ambos países eran excesivas. Por ello, había primado una división ecológica y económica. La línea del statu quo estaba fijada en el punto donde los ríos amazónicos que corren desde el Ecuador al Marañón se hacen navegables. Desde ahí se separan ambos países, la parte navegable es peruana y la sierra es ecuatoriana. Esta línea ya estaba fijada desde hacían diez años, pero era informal. Ahora con la guerra, quedó consagrada en un Tratado Internacional.

A la vez, quedaban nombrados cuatro garantes: los EEUU, Chile, Argentina y Brasil. Ese Tratado y sobre todo la existencia de garantes comprometió los desvelos de la diplomacia peruana durante los siguientes cincuenta años. Por lo pronto, significó el apoyo directo del Perú a la causa de los EEUU en la II Guerra Mundial. En esos mismos meses, en diciembre de 1941, había sido el ataque japonés a Pearl Harbor, que significó el ingreso de los EEUU en la II Guerra. A partir de ahí, algunos países latinoamericanos viraron de la neutralidad al sostén del esfuerzo aliado en la guerra. Mientras la Argentina se mantuvo neutral una buena parte de la guerra, el Brasil, por el contrario, llegó a enviar tropas que combatieron en el frente italiano junto a los norteamericanos. Por su parte, el Perú no envió soldados a combatir, pero colaboró con los EEUU en dos iniciativas de largo alcance. Por un lado, firmó un importante acuerdo económico y por el otro expulsó japoneses peruanos a campos de concentración situados en los EEUU.

El acuerdo económico con los EEUU consistió en el establecimiento de precios fijos para una buena parte de nuestras materias primas de exportación. Esos precios eran bajos y no se beneficiaron de la inflación internacional que hubo durante la guerra. Otros países latinoamericanos que no firmaron un acuerdo de este tipo se beneficiaron de la guerra en mayor proporción que el Perú. Como nos ataba a los garantes el Tratado con el Ecuador, fuimos fieles soportes del esfuerzo económico norteamericano para afrontar la guerra.

Por su parte, los japoneses en el Perú fueron muy mal tratados durante la segunda guerra. La migración internacional desde el Japón a varios países latinoamericanos había comenzado al comenzar el siglo XX, y no se había interrumpido desde entonces. El Perú era uno de los países que tenía un porcentaje mayor de esa migración japonesa en América Latina y ya llevaban décadas instalados entre nosotros, habiendo procreado familias y conocido progreso económico. La cultura japonesa del ahorro y el trabajo esforzado se complementaba con instituciones de cooperación, como el pandero por ejemplo, que habían cimentado el progreso económico de la colonia japonesa en el país. Por su parte, Japón tenía embajada en Lima y se habían fomentado instituciones sociales y económicas entre los inmigrantes japoneses. A diferencia de la inmigración original china, que fue solamente de varones, los japoneses habían llegado con sus familias y eran un grupo emprendedor, aunque aún situado en la sociedad popular. Concentrados en algunos barrios de Lima, como La Victoria por ejemplo, y en algunas provincias agrícolas costeras, como el norte chico y la costa norte, los peruano japoneses habían avanzado bastante y su integración venía procesándose. Sin embargo, el gobierno peruano apresó y deportó a los EEUU a un grupo de ... japoneses que estaban viviendo en el Perú y también a ciudadanos peruanos hijos de japoneses. Sus bienes fueron confiscados y muy pocos regresaron. Estuvieron en campos de concentración en Texas y Arizona y sus sufrimientos tuvieron que ver con los temores geopolíticos de entonces. Los EEUU temían que esos niseis fueran la avanzada de Japón, la quinta columna se decía en aquella época, para conquistar América del Sur en el curso de la guerra. Así que para prevenir y cuidarse las espaldas, los EEUU prefirieron expatriar a un buen grupo de familias japonesas que estaban viviendo en el Perú.

Prado llevó adelante un gobierno más democrático que los sucesivos mandatos de Benavides. Sin embargo, aún estaban fuera de la ley varios partidos políticos, entre ellos el mayoritario de aquellos días: el APRA. Aunque la persecución había disminuido, el PAP estaba ilegal acusada por ser una organización internacional, motivo que era también esgrimido para ilegalizar al PCP. Aunque Prado funcionó con parlamento electo y recibió un apoyo discreto del PCP, el APRA se mantuvo en la oposición. Al final de su mandato se abrió una oportunidad para la democracia peruana. La II guerra mundial estaba terminando con el triunfo de la democracia occidental, aliada al comunismo soviético y con la derrota del totalitarismo fascista. Ese triunfo militar fue crucial y desató una corriente mundial a favor de la democracia. En ese contexto, las elecciones para suceder a Prado fueron una ocasión para cambiar el rumbo político en un país que, desde comienzos de los años treinta, estaba envuelto en luchas fraticidas.

Una corriente de pensamiento y acción política democrática tenía su centro en Arequipa. En la cuna de las sublevaciones peruanas del primer siglo republicano, durante la primera parte del siglo XX, se había desarrollado una tradición política liberal y democrática que, en esos años, cristalizó alrededor de un grupo sólido de formación profesional y orientación progresista. El siguiente gobernante, José Luis Bustamante y Rivero, era uno de los integrantes de este núcleo. También lo integraban los hermanos Belaunde, don Rafael, padre de Fernando, futuro presidente del Perú y Víctor Andrés, futuro presidente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El grupo profesional arequipeño era fundamental porque otorgaba legitimidad a un frente nacional democrático en gestación.

El problema era que el APRA estaba vetada de participar en el gobierno, tanto por el ejército como por sectores de la oligarquía. Pero, a la vez, era evidente que no había solución política medianamente democrática que no incluyera al PAP, porque era el partido mayoritario y el único bien organizado. De este modo, se recurrió a una estratagema, que consistió en legalizar a última hora al Partido del Pueblo, nombre que adoptó el PAP para recuperar la legalidad y salir de la larga clandestinidad. El APRA realizó una impresionante manifestación de rencuentro con su líder y Víctor Raúl Haya de la Torre habló en público por primera vez en muchos años. Ese discurso fue pronunciado en la Plaza San Martín, llamando a la reconciliación nacional y prometiendo un país democrático. El Frente Democrático Nacional llevó la candidatura de Bustamante, que fue electo con los dos tercios del electorado. Fue un triunfo arrollador frente al candidato de la derecha: el mariscal Eloy Ureta, nada menos que el general vencedor en la guerra del Ecuador, que entre tanto había recibido el bastón de mariscal. Detrás de Ureta estuvo El Comercio y los exportadores. Ellos no pesaban tanto en el poder económico como antaño, porque la coyuntura económica de la II Guerra y las políticas públicas bajo Prado, no los habían favorecido tanto como en los treinta.

De este modo, Bustamante se impuso largamente y el APRA controló el Congreso. Lo que pareció una prometedora primavera democrática se quebró con rapidez. Bustamante fue sólo un punto de quiebre y no logró estabilizar una corriente democrática. Sólo tres años después el Perú volvía a la normalidad y un nuevo golpe de estado instalaba en el poder al general Manuel A. Odría, otro de los generales victoriosos en la guerra del Ecuador. Odría inició un largo mandato de ocho años con el APRA fuera de la ley, antes de entregarle el poder a Prado, que en su segundo mandato, cerró el ciclo oligárquico. Por ello, la Historia denomina a este período, que va de 1930 a 1962, como la “República Oligárquica”, aunque otros historiadores lo llaman el “Tercer Militarismo”. Dentro de este período, se alternaron en el poder las dos alas de las viejas familias oligárquicas: los exportadores, al mando bajo Benavides y Odría y, los defensores del mercado interno, en los dos períodos de Prado. En ese sentido, el corto gobierno de Bustamante, entre 1945 y 1948, fue un momento excepcional, una oportunidad desperdiciada para consolidar la democracia en el Perú. Pero, no tuvo peso y no alteró el rumbo general de este período que combinó autoritarismo político con liberalismo económico.


Video: El Perú Independiente 

 Programa: Sucedió en el Perú
 Fuente: Televisión Nacional del Perú
 Conductor: Antonio Zapata

Historiadores Invitados:

✍ Alicia Del Aguila
 Heraclio Bonilla
 Manuel Burga
 Cristóbal Aljovín
 José A. De la Puente 

Relato:

Independencia del Perú
Independencia del Perú
El Perú Independiente

El general José de San Martín desembarcó en Pisco el 8 de septiembre de 1820, casi un año antes de la proclamación de la independencia del Perú. San Martín encabezaba un ejército compuesto por tropas chilenas y argentinas que contaba con algunos partidarios civiles en todas las clases sociales peruanas. Entre los granaderos argentinos abundaban personas de origen africano, por entonces muy numerosas en Buenos Aires. El contingente chileno era particularmente importante en la expedición de San Martín. Además, los patriotas partían de Chile y el novísimo gobierno republicano de Chile le dio instrucciones escritas a San Martín sobre su conducta en el Perú. Esas instrucciones establecían que San Martín no debía llamar a un parlamento peruano antes de terminar la guerra contra los españoles, la cual debía ser su primera prioridad. Esas órdenes recibidas del congreso chileno fueron incumplidas por el general argentino, que mas bien se dedicó a hacer política antes que la guerra.

Luego del desembarco de la expedición libertadora, San Martín tomó la iniciativa de sucesivas conversaciones sugiriendo alcanzar una solución pacífica a través de un monarca español para gobernar el Perú. En ese lapso, San Martín diseñó la primera bandera y organizó el apoyo civil y militar peruano a la causa de la emancipación. Asimismo, reclutó gran cantidad de partidarios entre la población de origen africano, que al decir del virrey: “sin excepción están abiertamente decididos por los rebeldes, de quienes esperan la libertad”. El virrey aún era Joaquín de la Pezuela , que luego sería derrocado por un golpe militar organizado por los generales españoles de su propio ejército. En muchas provincias se formaron montoneras patriotas y el país se precipitó en una cruenta guerra civil.

La primera canción patriótica que se recuerda fue llamada “la chicha”, cantada antes del 28 de julio de 1821, cuando aún no existía el Himno Nacional. La chicha celebraba las comidas y bebidas nacionales en oposición a los alimentos europeos. Era la canción de la chicha andina contra el vino que representaba a Europa. Fue compuesta por los mismos autores que posteriormente crearon la marcha de la patria; es decir, por José de la Torre Ugarte y José María Alcedo. Torre Ugarte escribió los versos y Alcedo fue el compositor. Ambos tenían una sociedad exitosa, que luego les valió para ganar el concurso del cual proviene el Himno Nacional. La Chicha expresaba un ánimo particular y que duró poco tiempo: los criollos amantes y respetuosos del pasado andino. Aunque ese espíritu se disipó muy rápido, en ese momento, exactamente en 1820-1821, fue muy intenso. Por el momento, los patriotas se habían reconciliado con las costumbres indígenas.

La presencia del ejército libertador impulsó el movimiento de liberación de las provincias del norte del Perú. En los últimos meses de 1820, diversas provincias del norte y del centro del país proclamaron su independencia. Todas ellas antes que Lima. Entre otras ciudades libres ya en 1820 se encuentran Tarma, Trujillo, Chiclayo, Cajamarca y Piura. Un personaje clave en la emancipación de las provincias del norte fue José Bernardo Torre Tagle, quien luego fue segundo presidente del Perú independiente y que en ese entonces era intendente de España en Trujillo. Es decir, ocupaba el más alto cargo de un departamento, siendo el equivalente a un moderno presidente regional.

En Tarma destaca Francisco de Paula Otero, un líder montonero que tenía buena posición económica. Comerciante y arriero, Otero había nacido en las provincias andinas de la Argentina y se había casado en Tarma con una dama de clase alta local. Él comandó una fuerza decisiva, que por su cuenta liberó lo que hoy sería la región Junín y asedió a los realistas en el centro del país. Se vinculó inmediatamente a San Martín y fue el sustentó de la guerrilla patriota que acompañó a Álvarez de Arenales durante la primera campaña a Intermedios. Otero siguió adelante bajo Bolívar y estuvo tanto en Junín como en Ayacucho. Representa a los civiles rebeldes del centro del país en la lucha independentista.

Una vez producido el movimiento emancipador de las provincias del norte, San Martín decidió embarcarse en esa dirección para continuar el cerco de Lima desde el llamado norte chico. San Martín no quería tomar la capital después de una batalla, sino que, por el contrario, pretendía entrar a la capital por consenso. Además, sus fuerzas regulares eran notoriamente inferiores a las realistas. De este modo, se abrieron negociaciones con el virrey que no dieron ningún fruto porque las pretensiones de ambos eran incompatibles. San Martín buscaba que jurasen la independencia mientras que el virrey quería que jurasen la Constitución Española de 1812. La fórmula de un rey de origen español no evitaba el antagonismo. Las conversaciones de paz fueron infructuosas. Mientras tanto San Martín continuaba con su plan de conquistar el corazón y el entusiasmo de los limeños. El principal político limeño que estuvo a favor de la emancipación fue José de la Riva Agüero , quien era noble de España y que desde muy temprano estuvo a favor de la libertad.

Por su parte, los realistas estaban atravesados de dudas. Su ejército era fuerte, bastante más poderoso que el que acompañaba a San Martín. Pero, no contaban con apoyo de civiles, no habían organizado aún sus propias montoneras. Además, los realistas todavía tenían mucho apoyo político porque el temperamento del país había sido monárquico durante mucho tiempo. En el Perú, mucha gente se sentía tan española como la nacida en la península ibérica. Además, los ejércitos patriotas eran vistos como parcialmente extranjeros, integrados por chilenos y argentinos. Para algunos, los patriotas representaban una invasión extranjera. Por su parte, el ejército del virrey estaba compuesto por un estado mayor español, oficiales mestizos y criollos y tropas indias. Los realistas tenían bastante fuerza tanto política como militar y estaban dispuestos a luchar.

Por otro lado, el alto mando realista desconfiaba de Lima. Ellos veían como, poco a poco, la gente de San Martín iba convenciendo a los capitalinos. Sin embargo, en Lima residía la elite económica, los poderosos comerciantes españoles que controlaban el tráfico mercantil del Pacífico. Ellos venían siendo los financistas del virrey y de la causa del Rey de España. Pero, tomando una decisión bastante costosa, los realistas abandonaron a su gente de dinero en Lima y se trasladaron a la sierra. En primer lugar, el ejército español estuvo en el centro y luego se trasladó al Cusco, donde establecieron su última capital, que no caería sino hasta diciembre de 1824. Así, San Martín ingresó a Lima en julio de 1821 sin combatir, sino gracias a que, el ejército español decidió dejar la capital y replegarse a la sierra. Allí, los realistas entrenarían un ejército y estarían a salvo de las intrigas de la corte limeña.

San Martín estableció su gobierno en Lima que se denominó “el Protectorado”. Este gobierno fue un régimen transitorio que estaba fundado en el ideal de terminar la guerra patria. Era un gobierno personal acompañado por sus partidarios. Entre ellos destaca Bernardo de Monteagudo, un político argentino que había sido radical en su juventud, pero que ahora era un conservador dentro de la revolución. Un peruano clave en el primer gabinete de San Martín fue Hipólito Unanue, que expresa la continuidad entre el virreinato y la república, simbolizando políticamente a los criollos de clase alta, cultos y bien formados. Los grandes temas del Protectorado fueron dos, en primer lugar, si el Perú independiente debía ser gobernado como Monarquía o República; a continuación, los procedimientos necesarios para derrotar a los realistas y terminar exitosamente la guerra de liberación nacional.

Con respecto al primer punto, el debate fue muy intenso. San Martín y Monteagudo propugnaron la tesis de la monarquía. Según su parecer, el Perú no estaba maduro para ser una república y vistas las enormes diferencias entre las clases que componían la sociedad peruana era preferible una larga transición a través de un régimen monárquico que mantenga la unidad del país y forje una aristocracia que prepare a los peruanos a la vida independiente. En oposición a Monteagudo, José Faustino Sánchez Carrión dirigió el grupo que propugnó una salida republicana inmediata. De acuerdo al pensamiento de Sánchez Carrión, una monarquía no entrenaba ciudadanos sino súbditos. Nunca se llegaría a la república a través de la monarquía. Era preferible afrontar los peligros de un nacimiento prematuro antes que ceder ante una monarquía que simplemente prolongaría el despotismo. La oposición entre ambas posturas fue total y el clima se tornó rápidamente hostil. La República Peruana estaba naciendo en un ambiente de contradicciones internas.

El segundo gran tema fue la continuación de la guerra con los españoles. San Martín organizó varias expediciones, ninguna de las cuales obtuvo éxitos resonantes sino más bien fueron obligadas a retroceder. Así, no registró ningún avance significativo, aunque tampoco fue obligado a dejar la capital. De este modo, durante el Protectorado la guerra se empantanó. Por su parte, los realistas también formaron montoneras. Ya se habían trasladado a la sierra y se dedicaron a enfrentar indios contra indios. Por ejemplo, en Ayacucho, los patriotas contaban con el apoyo de los morochucos de Cangallo, pero los realistas reclutaron a los ganaderos de las alturas de Huanta, los iquichanos. Ese enfrentamiento entre grupos al interior de los indígenas hizo de la guerra de la independencia un episodio sangriento y desgarrador. Los indios estaban llegando a la independencia sin liderazgo, porque la clase de curacas había sido eliminada por la represión que siguió a la derrota de Túpac Amaru en 1780. Al carecer de líderes reconocidos y con legitimidad, los indios estuvieron divididos y combatieron con denuedo en ambos bandos. De ese modo, la independencia no vio emerger un liderazgo indígena republicano.

Para aquel entonces San Martín era consciente que sus dos ideas estratégicas tenían dificultades. En ese estado de ánimo se embarcó a Guayaquil para sostener una entrevista con Simón Bolívar. Sobre esa reunión no queda registro y lo conversado siempre ha estado rodeado por el velo del misterio. No obstante, tiene que haber sido un balance de la lucha por la independencia del Perú. Con respecto a ello, eran evidentes las dificultades de San Martín. Por otro lado, Bolívar tiene que haber sido muy explícito a cerca de su propio rol. Él no podía compartir el poder con otro. No había en el Perú espacio para que brillaran dos soles a la vez. Ambas argumentos llevaron a San Martín a tomar la decisión de partir. San Martín dejó en Lima un gran amor: a Rosa Campuzano. Ella había nacido en Guayaquil y trabajó muy intensamente en los planes políticos de San Martín. Fue una activista de mucho talento que dejó a su familia por amor al libertador argentino. Él, por su parte, era viudo en ese momento y entonces era un hombre libre, que sin embargo dejó en Lima a quien había sido su compañera de aventuras revolucionarias. San Martín se exilió en Boulogne y sobrevivió muchos años al cuidado de su hija.

Bolívar llegó al Perú desplazando del poder a los criollos peruanos que habían estado con San Martín, tanto Riva Agüero como Torre Tagle. Ellos no supieron bien cómo orientarse políticamente y acabaron adoptando una postura ambigua. Sin embargo, Bolívar contó con el fuerte apoyo de Sánchez Carrión, quien fue su primer ministro y el alma de las campañas miliares que culminaron con las victorias de Junín y Ayacucho. Sin la energía y decisión de Bolívar la independencia habría afrontado grandes peligros y estaba abierta la posibilidad de la derrota, porque los realistas se habían hecho muy fuertes en la sierra y estaba dispuestos a la reconquista.

Bolívar era republicano y la monarquía no tuvo mayor espacio durante su mandato. Pero también Bolívar tenía dudas. Ya era tarde en su carrera, para aquel entonces había culminado la larga lucha en el virreinato de Nueva Granada sellando la independencia de la Gran Colombia. Bolívar tenía una elevada formación doctrinaria y un vuelo de estadista muy superior a sus contemporáneos. Pero, también estaba cansado y el Perú lo desconcertó. No supo lidiar con el tema del indio y queriendo liberarlo, abolió los cacicazgos y las comunidades. Quería que el indio fuera un ciudadano y que no estuviera encerrado bajo la tutela de caciques hereditarios ni tampoco en medio de las paredes de instituciones de tutela, como pensaban eran las comunidades. Él también abolió la contribución de indios y los tributos coloniales. Algunas medidas fueron muy buenas, pero desmanteló las instituciones que protegían al indígena. Una vez desparecidas, los criollos y mestizos pudieron expandir sus propiedades a costa de las tierras de indios. La república no integró al Perú sino que acentuó su fragmentación.

Durante la estadía de Bolívar en el Perú fueron célebres sus amores con Manuelita Sáenz. Ella era quiteña y había dejado a su marido inglés por seguir a Bolívar. Él era viudo y aunque nunca se casó con ella, estuvieron comprometidos hasta el final. Bebieron juntos hasta la última gota del cáliz revolucionario. Ricardo Palma conoció a ambas señoras: Rosa Campuzano y Manuelita Sáenz. En una tradición, Palma las compara diciendo que Rosa era racional y romántica, mientras que Manuelita era temperamental y volcánica. Según Palma, él se hubiera enamorado de Rosa, pero se habría asustado de Manuelita. Sostiene el tradicionalista que, para una mujer de tanto genio como Manuelita se requería un hombre superior, como Bolívar. Aunque Palma decía temerle, se nota que veneraba a Manuelita y la consideraba un ser superior. Tomaron té y comieron galletas que ella le preparó, poco antes de morir en Paita.

En la batalla de Ayacucho el virrey fue hecho prisionero. Es una inversión completa de los acontecimientos de Cajamarca. Atahualpa había caído preso gracias a una emboscada dirigida por Pizarro. En ella, los caballos de los españoles fueron fundamentales. Pues bien, en Ayacucho, por el contrario, el último gobernante español en América fue hecho prisionero en el campo de batalla y los caballos de los patriotas fueron los decisivos. Fue la caballería colombiana la que apresó la virrey y decidió la batalla. Conviene repasar la participación peruana en los acontecimientos. Durante la emancipación, las tropas de caballería peruana más célebres fueron los morochucos. Sus caballos eran de corta alzada; sus patas eran cortas; se habían aclimatado a los Andes y sabían subir cerros. Eran casi cabras y subiendo en zigzag lograban avanzar más que cualquier caballo occidental. Estos caballos que no lucirían en ningún desfile lograron alcanzar el real del virrey y tomándolo prisionero obligaron a los españoles a capitular. La batalla llevaba hora y media y estaba siendo muy cruenta, habiéndose trabado en el ala peruana dirigida por La Mar. Pero , preso el virrey, el alto mando español optó por pedir la paz. Por ello, la capitulación fue muy benigna con los realistas, se les permitió salir sin represalias y llevarse todo su dinero. Incluso, en forma confusa se menciona una deuda que luego vino a querer cobrarse la expedición restauradora que fue derrotada en El Callao el 2 de mayo de 1866.

A lo largo del período, la mortalidad en el Perú fue elevada. Más aún en El Callao, donde el brigadier José de Rodil protagonizó una última resistencia española. En efecto, después de Ayacucho, en los castillos del Real Felipe se encerraron un grupo de notables realistas, junto con una última guarnición española y sólo se rindieron comenzando 1826. Estuvieron unos quince meses y se desató entre ellos una temible epidemia que terminó con sus vidas. En forma lamentable para el Perú independiente, entre estos realistas muertos en el Real Felipe, se hallaba Torre Tagle, segundo presidente de la república, quien para aquel entonces, motivado por las contradicciones con Bolívar, había cambiado de bando y fallecía reconvertido en español. Las epidemias eran consecuencia de una prolongada guerra y destrucción sobre una estructura urbana muy poco higiénica. Las ciudades eran muy malsanas en aquellos días, anteriores a la revolución industrial. En ellas, más gente moría que nacía; la tasa de crecimiento vegetativa era negativa. En la época de la independencia hubo un retroceso significativo, porque a estas causas de siempre se sumaron las pestes y las guerras. En 20 años Lima no sólo se estancó sin crecer nada, sino que incluso retrocedió, perdiendo el 8% de su población.

Los morochucos en Ayacucho simbolizan la promesa de la vida peruana. Sostuvo Jorge Basadre, el principal historiador de la república, que la emancipación contiene una promesa: la de una vida peruana soberana, integrada y de pleno bienestar. Asimismo, la constatación que ha tardado y sigue afrontando dificultades. Pero, que esta promesa llegará a concretarse, porque la democracia republicana es el único régimen capaz de reconciliar al país y enrrumbarlo al progreso que se merece.


Video: La Confederación Perú - Boliviana 

 Programa: Sucedió en el Perú
 Fuente: Televisión Nacional del Perú

Historiadores Invitados:

✍ Vilma Derpich
 Javier Tantaléan

Relato:

La Era del Guano
La Era del Guano

A partir de 1840 se produjo un crecimiento espectacular de las exportaciones peruanas, que habían estado a la baja prácticamente desde comienzo del siglo XIX. El guano fue el principal protagonista, aunque no el único producto de exportación, porque arrastró a un conjunto, entre los cuales destacaron los minerales, como salitre, cobre; así como productos agroindustriales, como azúcar y algodón. El crecimiento de la demanda de alimentos y materias primas en los países desarrollados a mitad del siglo XIX era fruto de la industrialización internacional. Esa expansión de la demanda mundial fue para el Perú republicano una primera época de auge de las exportaciones de materias primas. Este ciclo expansivo se sustentó en la renta del guano, que como producto era muy especial, porque el Perú era el único productor mundial de un bien entonces muy preciado en la economía mundial. Teníamos el monopolio mundial de un poderoso fertilizante, en un momento que Europa y los EEUU atravesaban una revolución de su agricultura y requería abonos con urgencia. Además, el guano también era un producto singular, porque el Estado era el único propietario ya que estaba situado en promontorios e islas. Así, el gobierno lo entregaba en concesión para ser explotado a cambio de una regalía. Para imaginar su impacto debemos pensar en cómo sería la economía peruana hoy si todo el petróleo del mundo estuviera en unas islas al frente de nuestras costas y en manos del gobierno.

Por su parte, la clase propietaria peruana estaba en declive económico desde hacía casi un siglo. Las reformas de los Borbones habían significado el fin del viejo monopolio comercial de los mercaderes de Lima. Luego, vinieron las guerras europeas de fin del XVIII y la quiebra de las líneas habituales de transporte y comercio. A continuación, fue el conflicto de la emancipación que fue muy costoso para el Perú. Los comerciantes de Lima apoyaron al virrey y se compraron el pleito de sostener económicamente la causa realista. Terminada la guerra y habiendo perdido su bandera, se retiraron llevándose lo que quedaba de sus caudales. De ese modo, en la Lima de los años 1820-1830 había desaparecido la antigua opulencia. No habían ricos y las fortunas se habían desvanecido. Por esa razón, cuando empezó el auge guanero no había una clase propietaria peruana que pudiera organizar el negocio. Así, el gobierno contrató la exportación del fertilizante con casas comerciales inglesas que manejaban el comercio exterior peruano desde la independencia. Los mercaderes españoles fueron reemplazados por comerciantes ingleses. La famosa Casa Gibbs de Londres fue la concesionaria de los mercados más lucrativos del guano y transcurrieron más de diez años con este sistema. Después de décadas de recesión y retroceso económico, de pronto el país se volvió muy rico y una montaña de billetes acudió a las arcas fiscales.

Hasta ese momento, el Estado se había enriquecido junto a las casas comerciales extranjeras, pero la sociedad peruana participaba poco de los frutos de la bonanza. El gobierno de Castilla había organizado la administración pública y el país estaba más estable, pero todavía las actividades económicas estaban muy retrasadas. Al terminar el primer gobierno de Castilla, fue el turno del general Rufino Echenique, quien realizó una transferencia de parte de la renta guanera a los particulares, a través de la deuda interna. La idea había sido concebida por Castilla y la llevó a cabo Echenique, pero dio origen a un gran escándalo de corrupción. Desde las guerras de emancipación y luego durante la anarquía militar se habían acumulado muchas deudas del Estado con particulares. Habían vales por doquier, fruto de confiscaciones para sostener a los ejércitos en campaña permanente. Pues bien, se decidió pagar esos vales, pero hubo muchas oscuras maniobras que permitieron su multiplicación y concentración en pocas manos. Al final del proceso, la población estaba tan descontenta por la elevada corrupción que hubo una sublevación conducida por los liberales y Castilla se sumó para capitanearla y llegar nuevamente al poder. Esa segunda administración de Castilla enfrentó guerras internacionales y también conflictos internos y no fue tan positiva como su primer gobierno. Castilla gastó mucho en el ejército y en montar una red de clientela política que sostuviera al régimen. De este modo, llegados los años 1860, el Estado había consumido su nueva renta guanera en gastos que no satisfacían las expectativas ciudadanas y el país no se había desarrollado.

Por ello, el segundo gobierno de Castilla decidió no renovar los contratos de exportación del guano con las casas comerciales inglesas. Por el contrario, se formó una compañía peruana que reunía a empresarios e inversionistas locales, que se habían restablecido económicamente gracias a los bonos de la deuda interna. También Castilla había pagado a cada propietario por la libertad de los esclavos negros, proceso que sumado a la deuda interna había fortalecido a la clase propietaria nacional. Desde 1860 y a lo largo de esa década, el negocio del guano estuvo en mano de consignatarios nacionales. Ellos fueron los grandes ganadores peruanos de la súbita riqueza que reposaba en los detritus de las aves guaneras. Este grupo económico formó los primeros bancos peruanos, invirtió en modernizar las haciendas de la costa y en promover la exportación del azúcar y algodón. A través del Estado, que tejió una primera red de servicios públicos, una porción del bienestar económico se transmitió al país. Pero, la prosperidad también acarreó problemas económicos. En primer lugar, trajo elevada inflación y alza de precios. Al entrar un elevado capital arrastró una elevación de los precios internos. Quien ganaba en el sector moderno podía defenderse, pero para todos aquellos que seguían trabajando y ganando como antes, aumentó la pobreza. Los desequilibrios económicos se acentuaron y hubo mucha tensión social. La riqueza de aquellos vinculados a la economía guanera era muy notoria y aumentaron los conflictos con quienes se sentían postergadas. El país aumentó su fragmentación. Peor aún, el guano hizo que muchos sectores económicos alternativos pierdan interés. Por ejemplo, es muy significativo que la minería de Cerro de Pasco no haya recibido grandes inversiones en este lapso. En efecto, aunque en los años del guano hubo mucho dinero en el Perú no se renovó la explotación de las minas del centro, que habían sido muy rentables a lo largo de todo el siglo XVIII y lo volverían a ser a fines del siglo XIX. La clase propietaria tuvo dinero y careció de mecanismos para transformarlo en capital. En buena medida, el dinero se destinó a la especulación financiera y se exportó. Los consignatarios le prestaban al gobierno y se daba la paradoja de un Estado enriquecido pero endeudado con los concesionarios de su fortuna.

Durante el auge guanero, gran cantidad de barcos cargaban guano en las Islas Chincha y desde allí se dirigían a su destino en ultramar, sea Europa, Norteamérica o Asia. En ese entonces, la inmensa flota que realizaba las faenas del guano compraba todos sus requerimientos en tiendas instaladas en El Callao. En ese contexto, un irlandés emigrado al Perú, llamado William Grace, tuvo una idea genial que lo convirtió en millonario. Grace alquiló un casco de barco viejo para instalar una tienda que vendía de todo frente a las islas Chincha. Sin viajar al Callao, los barcos podían encontrar en sus narices desde alimentos secos y agua pura hasta velas, repuestos y pertrechos de mar. La acumulación de capital que produjo este negocios fue muy rápida y en pocos años los Grace formaron una empresa transnacional que se ubicó entre las primeras del mundo. Para esta época, los Grace eran dueños de una gran compañía de transporte marítimo y de numerosas empresas en diversos ramos de la producción. Además, tenían su sede en Nueva York y sus negocios se ramificaban por toda América Latina. Esa fue la única gran fortuna internacional construida sobre la renta guanera peruana.

Entre 1868 y 1872, durante el gobierno de José Balta, se concretó una idea que había sido reclamada por los más lúcidos pensadores peruanos: transformar el guano en ferrocarriles. La Revista de Lima, una sólida publicación intelectual heredera del Mercurio Peruano, había sustentado la idea. El propósito era invertir la renta guanera en una gran obra que debería cimentar la riqueza nacional a futuro. Se había argumentado hasta la saciedad que el desarrollo nacional requería infraestructura, para poner en los puertos nuestros productos de exportación. Así, el gobierno emprendió la construcción de ferrocarriles. Balta colocó la primera piedra de una serie de líneas ferroviarias, entre las cuales destacaban las dos que tendrían duración hasta nuestros días: el Ferrocarril del Sur, Mollendo – Arequipa, y el Ferrocarril Central, Lima – La Oroya. Estos grandes proyectos ferrocarrileros construidos por el Estado fueron pagados con créditos extranjeros contraídos contra la renta del guano. El constructor de los ferrocarriles fue el empresario norteamericano Henry Meiggs, quien contrató con el Estado una obra que salió muy costosa, tanto por las dificultades de la geografía peruana, como por la elevada corrupción. Por su parte, la construcción de los ferrocarriles fue formidable, porque los retos de la naturaleza eran enormes y tanto el diseño como la ingeniería fueron obra de titanes. Meiggs había trabajado en Chile, donde había construido el ferrocarril de Valparaíso a Santiago, luego de un escándalo empresarial en San Francisco. Meiggs había construido el muelle de este gran puerto norteamericano del Pacífico, impreso bonos y estafado a gran cantidad de inversionistas. Al estallar la crisis, huyó con toda su familia a Sudamérica y fue el gran protagonista de la obra del Estado peruano en los ferrocarriles.

Las clases populares tuvieron una participación segmentada del auge guanero. Hubo trabajo en sectores modernos que antes no existían y en esos empleos se ganaba un salario superior al de tiempos pasados. Además, hubo obras públicas y mayor integración nacional. En esta época, la selva amazónica fue incorporada como parte del país y se organizó la educación y la salud pública. A todas las provincias llegó una época de mayor integración gracias a un Estado que recuperaba alguna de las funciones que había cumplido el gobierno de los virreyes. Pero, por otro lado, muchos artesanos habían quebrado, porque en la era del guano todo se importaba. Sobraba plata y se prefería todo lo extranjero. Por su lado, muchos empleos asalariados eran temporales porque se contrataba obreros para construir ferrocarriles y en algún momento o se terminaba la obra o se interrumpía por falta de dinero. De este modo, había una masa inestable de trabajadores urbanos que entraba y salía de empleos temporales y que padecía por la inflación general de precios y por la inestabilidad laboral.

El gobierno de Balta no era muy sólido y estaba integrado por elementos disímiles. Su ministro de Hacienda había sido el joven Nicolás de Piérola, quien había terminado con los consignatarios nacionales y contratado la venta del guano con Augusto Dreyfus, un financista francés, quien quedó como monopolizador del guano, a cambio de considerables adelantos para pagar la deuda externa y construir los ferrocarriles. Esa decisión fue adoptada el año 1869 trastornando la historia peruana, al quebrar el poder económico de los denominados “hijos del país”. Este grupo había manejado a su parecer las finanzas y sometido al Estado convertido en deudor. A la vez había amasado fortunas y se observaba un uso poco productivo y muy dilapidador. Por ello, no eran queridos por el público que sostuvo los propósitos de Piérola, quien carecía de vínculos con los dueños del país de esos días. Pero, la decisión de Piérola de convertir a Dreyfus en único contratista del guano también fue muy problemática para el Perú. Depender de varios y nacionales no era muy positivo, pero depender de uno solo y extranjero se mostró mucho peor.

El conflicto desatado alrededor de la eliminación de los consignatarios nacionales fue enorme y Balta no quería dejar el gobierno a sus rivales. Por ello, el presidente se orientó a buscar un nuevo candidato militar que mantenga el monopolio de los uniformados sobre el poder político. También integraba el gobierno de Balta el coronel Tomás Gutiérrez, ministro de Guerra con planes continuistas. Él no iba a permitir que entre un civil. De este modo, al terminar el gobierno de Balta, las tensiones generadas por la era del guano iban a provocar una gran conmoción nacional, porque las elecciones terminaron en tragedia.
Durante los años 1860 se había creado por primera vez un partido político civil bien organizado. Su líder era Manuel Pardo y además de un estado mayor sólido, el partido civil disponía de programa, estatutos, funcionamiento regular y partidarios organizados en provincias. Era seguro ganador del proceso electoral, pero ni Balta ni el ejército querían dejarle el poder. Hasta el final estuvieron maniobrando en busca de un sucesor militar. Pero, al fracasar sus planes se rompió la unidad en el gobierno y se precipitó un golpe militar dirigido por el ministro Tomás Gutiérrez, quien era hermano mayor de otros tres coroneles que controlaban el ejército. Ellos protagonizaron un golpe de estado muy mal concebido. Apresaron a Balta y cuando encontraron oposición popular se ofuscaron y asesinaron en prisión al presidente derrocado. En ese momento se levantó el pueblo de Lima, los persiguió despiadadamente y luego de cazarlos uno a uno los ultimó malamente. Fueron colgados de la torre de la catedral y su cadáver ardió en una pila de la Plaza de Armas. Fue una orgía de sangre que constituye uno de los motines más violentos de la historia peruana.

A continuación ingresó Pardo como triunfador del proceso político de 1872. Él era un personaje singular. Nunca usó ropa de color, siempre se vistió de levita negra con camisa blanca. Perteneció al tipo de ser humano llamado en la época “caballero de levita”, que identificaba a los poderosos señores limeños: abogados, comerciantes y financistas del siglo XIX. Pardo fue un empresario capitalista muy exitoso. Hijo de una familia aristocrática, no rehuyó el trabajo práctico, sino que obtuvo grandes beneficios de cuanta empresa acometió. Fue consignatario del guano; gracias a su matrimonio con una dama de la alta sociedad había integrado al círculo de los nuevos ricos. Muy inteligente y activo, había estudiado Economía en Francia, fue presidente de la Sociedad de Beneficencia, también fue alcalde de Lima y dispuso de muy buenas relaciones con los sectores populares urbanos. Tuvo que llevar adelante una dura lucha por imponer sus puntos de vista, no rehuyó el enfrentamiento, sino fue un político enérgico y decidido. Tenía visión y proyecto.

Pero, Pardo ingresó en un mal momento, porque los ferrocarriles se habían financiado contrayendo grandes deudas en el extranjero. El Perú pedía dinero en efectivo en los mercados financieros europeos y ofrecía como garantía las ventas futuras de guano. Pero, en los años 1870 hubo una crisis mundial. Comenzó una etapa recesiva internacional y los negocios se interrumpieron. En ese contexto, quebraron grandes deudores internacionales porque no pudieron honrar sus mensualidades. Entre este grupo de instituciones que se hundieron se hallaba el Estado Peruano, que dejó de pagar a los tenedores internacionales de bonos. El período del guano había traído ingentes sumas de dinero y, lejos de transformarse en el desarrollo y la modernización soñados, había conducido al país a la bancarrota.

Ante la crisis, el gobierno de Manuel Pardo expropió las salitreras de Tarapacá en un esfuerzo por reconstruir el monopolio que había significado el guano para el Perú. Fue una gran paradoja que Pardo, el gran propulsor del uso racional de la renta guanera, entrara al gobierno en el mismo momento que estaba quebrando el sistema basado en el guano. El resultado de la expropiación decretada por Pardo no fue exitoso, porque se sumaron animosidades importantes contra el Perú. Primero, los salitreros británicos expropiados, luego los tenedores de bonos de la deuda externa y tercero los capitalistas chilenos también expropiados. Esa suma de enemigos poderosos llevaría a la derrota nacional en la Guerra del Pacífico. Así, acabaría la orgía financiera propia de la era del guano de la peor manera, con una costosa derrota en una guerra que significó la pérdida de parte de la heredad patria. Lo que empezó como el sueño feliz del hallazgo del tesoro se había transformado en la pesadilla de la invasión extranjera. 

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